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Australadas

Tot soms Barcelona

Carlos Gutiérrez

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Llegaba de los Madriles con cierta desazón. Con el jet lag pegándome entre ceja y oreja, paseé mis chivas frente al madroño luego de que el avión me depositara en Barajas. Un baño caliente en la tina y luego, aún en calidad de bulto, el andar por las calles que confluían por el Metro Callao. Dosis de tapas, de buenas cañitas y unos Ducados. Y a pararle de contar. Claro, estuvieron el Museo Reina Sofía, el Bernabéu, la Gran Vía y dos o tres cosas más. Pero lo mejor de Madrid, además de una estupenda biografía de Leonard Cohen a cargo de Alberto Manzano, fue haber llegado a Atocha para tomar el tren hacia el este.

Dos horas y media después llegué a casa. Barcelona es una de esas ciudades que hacen sentir como si se hubiera estado ahí toda la vida. Como si fuera el barrio de la infancia o las calles de siempre para ir a la escuela y regresar al hogar. Cuando le pregunté a una doñita cerca de la estación del metro por la Avenida Diagonal me respondió con amabilidad y eficacia. "¿Ya le habían dicho que ustedes los catalanes son más cálidos que los madrileños?", le dije a la cuarentona, que llevaba en carriola a su crío. "¡Es que los catalanes somos más guapos!", dijo sin miramientos y soltó la carcajada. Y sí, ahí comprendí que la guapura es una especie de actitud frente a la vida, mucho más que la simetría facial puesta al servicio de la estética.

Conservo esta serie de postales de la Catalunya que conocí, de la mano de gente grata y sin poses. Y aunque sé que los estereotipos suelen llevar al error, más de una vez he comprobado la diferencia entre el catalán y el madrileño. Pienso en esto luego del atroz suceso de la semana anterior en Las Ramblas, el sitio que celebró el andaluz García Lorca con la carta dirigida a las floristas de ese paseo con destino al Mediterráneo. Esa Torre de Babel llena de visitantes de todas las lenguas. Con la magia del Google Maps y el motor de búsqueda de la nostalgia me posé al pie de Plaza Catalunya y ahí comenzó el ejercicio de la memoria.

De niño yo solía ser del Madrid a fuerza de cabriolas de Hugo Sánchez. Pero el sentimiento llama y es otra cosa. Bastaron uno días para entender que uno es del sitio donde ha sido feliz. Me acuerdo de esto hoy que el alma se declara lacerada, con la certeza de que, en efecto, toda España es Barcelona.

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