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Australadas

The big easy

Carlos Gutiérrez

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Con la consigna de dedicar la estancia en Nueva Orleáns a comer, llegué a ese paraíso en la tierra flanqueado por agua que, me cuentan, hace 13 años quedó hecho papilla por el huracán Katrina. En Nueva Orleáns la vida es tan sencilla y el espíritu de la historia tan implacable, que me da la impresión que cualquier cosa que le pasara no haría sino fortalecerla. 

Y es cuestión de poner un pie en sus calles para que hasta el humor se contagie. Y sí, la ciudad es el cúmulo de clichés que se nos han vendido siempre. 

Es jazz, vudú, bares en Bourbon Street y deliciosa comida. Pero sobre todo es la maravillosa gente que la puebla. Bastó una pregunta a la chica en la recepción del hotel para que me soltara todo un tratado sobre dónde comer como lo hacen los locales. 

En una larga lista escribió santo y seña mientras me preguntaba qué deseaba probar. Todo estaba ahí, en locales frecuentados por los lugareños y lejos, muy lejos de esa plaga llamada turistas. 

El verdadero sabor de la comida con alma me esperaba. Gracias a los buenos oficios de Kimmie probé camarones de río hervidos con elotes y papas, en un barrio poblado por afroamericanos; po’boy, un sadwich tamaño familiar de camarones rebozados, en un local que incluso sale en un episodio de Los Simpsons. Beignets, una masa sometida a fritura profunda y coronada con azúcar glas, en el Café du monde. 

Y para rematar, muffuletta, un bocadillo inmenso de origen italiano, que lleva en su interior carne de cerdo curada, salami, mortadela, queso emmental y provolone, coronado con una ensalada de aceitunas, zanahorias y coliflor troceadas, con aceite de oliva. 

Pero el gran encuentro aún estaba por ocurrir, la cita en Dooky Chase’s. El restaurante solía albergar en los sesenta las reuniones en pro de la lucha por los derechos civiles y todavía guarda en sus paredes un trozo del devenir afroamericano. 

Ahí conocí a Leah Chase, la dueña y cocinera que a sus 94 años sigue siendo el bastión de la comida criolla, del milagro del sabor casero al que sucumbió el propio Barack Obama. Leah condensa en su genialidad como persona el sentido de The Big Easy, como se le llama cariñosamente a Nueva Orleáns. 

En una ciudad de gente increíble, que se toma la vida de forma ligera, donde las cosas ocurren simple y maravillosamente, Leah me dijo que viajar tiene que ver con comer, pero también con hacer amigos, y lo hizo mientras esbozaba su enorme sonrisa y me dedicaba una mirada de infinita ternura. Y ante eso no quedó más que sostener: Yes, ma’am!

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