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Domingo , 23.09.2018 / 15:28 Hoy

Australadas

Payasos cargados por el payaso

Carlos Gutiérrez

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Quién iba a decir que la vida nos daría licencia para exorcizar uno de los miedos más matracas del mundo mundial. Antes que El Chupacabras (el del mito y el otrora impresentable habitante de Dublín), y solamente rebasado por El-viejo-del-costal, mote manoseado a placer por las mamases en busca de gobernar a sus engendros, los payasos representan una de las fobias más patéticas de las que se tenga memoria.

Está bien sentir "mello" por la inestabilidad de la economía región 5 de esta geografía región 4, sentir "cosa" por la proximidad de algún cuico con aspecto de sospechoso o de algún sospechoso con aspecto de cuico, que no es lo mismo, pero es igual. Que nos haga "así" y se nos frunza el seño cuando la voladora nos llega por detrás y sin aviso en cualquier aspecto de la vida, en especial el laboral. Pero sentir frío con los payasos francamente es demasiado.

Injustificada y absurda, pero fobia, a fin de cuentas, de esas que paralizan y quitan el sueño. Temor que en muchos de los casos tiene su raíz en "Eso", la obra Stephen King, en la que un monstruo adquiere la forma de payaso para sembrar el horror en los parroquianos. Aunque éste no es el único caso, muchos chavales sufrieron en carne propia la gandallez de algún payaso disfrazado de ídem en una fiesta infantil.

Pasado de lanza y protegido bajo el aura del humor (involuntario), el sujeto en cuestión acusaba mala leche al espantar a los asistentes, mientras se daba el lujo de contar lo chistes más malos de la historia y de paso cobrar por el show. Por eso creo que la mazapaniza que se está acomodando a los payasos del mundo por el simple pecado de salir a la calle a asustar es comprensible. La gente está aprovechando la coyuntura para arreglar cuentas con el pasado.

Aunque es cierto que muchos malandros se pintarrajean y salen vestidos de arlequines para fastidiar al prójimo, no puedo evitar sentir pena por aquellos que se ganan la vida tratando de alegrar el corazón de la raza. Me refiero a los artistas callejeros que se suben al autobús, a los mimos de centros urbanos que hacen de su rutina todo un espectáculo democrático. A los que incluso han profesionalizado su labor a partir de la risoterapia.

Y advierto llegar la justicia tardía de la revolución ante el caudal histórico de faltas de respeto y atropellos a la razón. Lo siento por Brozo, C(h)epillín, Ronald McDonald, Krusty y, en particular, por Platanito. Mentira, no lo siento.

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