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Martes , 16.10.2018 / 07:21 Hoy

Australadas

Paelleros somos y en el camino andamos

Carlos Gutiérrez

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Siempre he desconfiado de la gente que no se da el tiempo de mirar la comida como algo más que meterle fruta a la piñata. O como un simple medio para satisfacer la pulsión del hambre. 

Me da la impresión de que algo temen, algo esconden o que, de plano, la vida les ha dado una mala vida. Claro que no sólo me dan cosa aquellos que comen por comer, sino los que en vez de comer para vivir viven para comer. 

Y aunque alguna vez casi todos nos hemos dado un buen pasón de comida, no es lo mismo abrir el paladar a nuevos (y viejos) sabores que comer sin límite.

Con esta lógica salí disparado hacia Querétaro el fin de semana. 

La misión era tan peliaguda como suculenta y consistía en cubrir para el programa de radio El Pipirín el Festival de la paella, organizado por la vitivinícola Freinexet. Ezequiel Montes es un municipio en la geografía queretana que resulta el sitio idóneo para el crecimiento de la vid. 

Y ahí se asienta la Finca Sala Vivé Freixenet, la representación de la empresa de origen español en México. Y es la sede del encuentro entre amantes de los arroces con azafrán, que como cada año desde hace 19 arman todo un borlote al que asisten sibaritas, tragaldabas, borrachales, curiosos y despistados.

Ahí se da el encuentro con verdaderos maestros de la culinaria valenciana y también con algunos casos no tan afortunados. 

El audaz viajero se puede encontrar con opciones para papear más allá de la referencia gachupina, como choripanes y cortes de carne, aunque siempre se vuelve a la madre patria entre pintxos, tapas y jamones. 

Pero sin duda la joya de la corona es el concurso que habrá de mandar al mejor cocinero al evento mundial de la categoría en España. 

¡Josú, la mar salá, ostias, ostiones y camarones!

Para el aventurero miembro de la prensa el asunto es casi el paraíso. A la par de ser testigo del show y cubrir sus pormenores, las degustaciones de paella son un sacrificio que se debe hacer en pos del profesionalismo. 

Una tras otra, llegan las porciones que al sumarse hacen una gran comilona digna de los espíritus más bragados. 

Igual suerte corren las copas de vino tinto, blanco y espumoso, todas de la casa, en un maridaje de antología. 

Hasta ahí llegaron los huesos de este fulano que escribe, quien se declara listo en espera de la siguiente celebración anual. 

Sigo insistiendo, es un trabajo arduo, pero alguien tiene que hacerlo.

@fulanoaustral

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