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Martes , 17.07.2018 / 03:35 Hoy

Australadas

Los piratas del rock

Carlos Gutiérrez

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"We are ugly but we have the music".

Leonard Cohen


Por razones atribuibles a la digitalización, al streaming y a la venta de música en línea, la radiofonía se ha convertido en una especie de animal en peligro de extinción. Pero este milagro que se le ha colgado viene escuchándose desde hace tanto tiempo que, hasta anacrónica, resulta la paranoia y el pánico consecuente. Un medio que ha sobrevivido a la televisión y a los hipermedios y que sigue siendo el bastión publicitario de miles de empresas dudo que tenga las horas contadas.

Cierto es que la amplitud modulada comenzó a dejar de existir hace años, que la frecuencia modulada tiende a la digitalización y que el público sigue buscando, décadas después, algo de buena música que le acompañe, más allá de un locutor que le diga la hora y le oriente en el tránsito vial. Pero también es cierto que ha sobrevivido gracias a la solidaria voz que interviene entre canciones, que matiza la modorra de los anunciantes, que le da calor a un medio que en otras condiciones sería un simple y llano playlist.

Por eso tanta gente busca llenarse los oídos con la música que carga en el teléfono, en la memoria USB o en cualquier otro dispositivo. Pero también sigue habiendo quien se deja seducir por la sintonía lejana y distante, al mismo tiempo, de una radio que se adapta a los nuevos formatos y a las nuevas generaciones, sin descuidar el origen ni los viejos nichos. Más allá del tufo a romanticismo que se pueda apreciar en estas palabras, pienso en esto ahora que me he vuelto a clavar en la textura de una peli llena de radiofonía.

Se trata de "The boat that rocked", una cinta de manufactura inglesa que vio la luz en 2009 y que retrata a un puñado de locutores y pinchadiscos que, a bordo de un buque equipado con lo necesario para transmitir ondas radiales, despliega los encantos de la melomanía en su audiencia, al tiempo que hace rabiar al conservadurismo de una Gran Bretaña que no atina qué hacer con ellos, particularmente cuando no hay marco legal alguno que les impida transmitir su señal desde el remoto Mar del Norte.

Son los años sesenta y ante la carencia de espacios para el rock en la radio pública, los protagonistas se decantan por una señal de 24 horas que llene los corazones bandoleros de adolescentes en proceso de ignición. Puro y duro rocanrol que agita conciencias y que pregona los estandartes de aquellos días en que la contracultura era una profesión de fe. Ante la persecución obligada de las buenas conciencias y una intervención leguleya, el bote naufraga y con él metafóricamente se hunde el ideal rebelde.

Pero como los finales son más eficaces cuanto más esperanzadores, resurgen de las heladas aguas los presuntos implicados y rescatan el espíritu de la radio. Pienso en esto buscando las razones que pudieran impedir que este medio, en el presente, se ahogue en un océano de virtualidad. Y creo que más allá de los argumentos que la sentencian al naufragio, están la música y esa necesidad, por un lado, de contar historias frente al micrófono y, por el otro, de saber que alguien le habla a cada uno como si se tratara del único radioescucha sobre la faz de la tierra.

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