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Australadas

El tren del mame

Carlos Gutiérrez

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Al parecer la carrilla se ha convertido en el entretenimiento de moda. Aunque siempre ha habido gandallas que le cargan la mano a todo aquel que se deje, nunca como ahora hacer mella del otro se ha extendido tanto. Videos, fotografías, bumerangs, tuitazos, de todo hay en la viña del Señor. Quizá el fenómeno se debe no tanto a la mala leche de los cretincillos, como a las herramientas virtuales al alcance de la mano, a la proliferación de la cultura de la desconsideración y, sobre todo, al cobarde y cómodo anonimato.

Cualquiera con un teléfono inteligente, conexión a internet y un incauto como objetivo, puede granjearse horas de esparcimiento a costillas del infeliz cuyo único pecado fue haber mordido el polvo, haberla cajeteado o haber hablado cuando lo que se imponía era cerrar el pico. Y entonces basta un mensaje, un tuit, una imagen, para que a todo se lo cargue la fregada. Y aunque el numerito dura lo que al triste la alegría, pues con la misma emergencia que llegó es desplazado por otra "ocurrencia", el trago amargo no lo quita nadie.

De eso saben quienes han padecido la saña de los asiduos a las redes sociales. Y que nutren su sed de sangre con el amarillismo de la vida moderna, los memes. Bajo el lema de un viruliento en cada hijo te dio, este mundo está poblado de "creativos" que ilustran los llamados "epic fails" con su potencial para asistir a lugares comunes. Nada nuevo bajo el sol luego de años de sátira virtual, de esa que se ha ido desgastando a fuerza de ser otra forma de burlarse del caído en desgracia.

Y pobre de aquel que, siendo figura pública, se atreva siquiera a respirar un poco fuerte, porque se los acaba la grey astrosa de las pantallas táctiles. Como el derecho de réplica y la posibilidad de decirle sus cosas a alguien tiene su límite en el bloqueo de usuarios, por vía de mientras lo que se impone es atizarle hasta por debajo del teclado. Nomás para que la próxima vez el personaje en cuestión le piense antes de hacerse célebre y volverse seguible en feis y tuiter.

Ahí reside la delgada línea entre escribir en pos de la discusión pública y engrosar la denostación que hiere la inteligencia por carecer de argumentos. En criticar porque sí, en usar las fallas del otro para evidenciarle ante los demás, en señalar sin más objetivo que el de fastidiar. Joder por el hecho de joder, nada más. Como nunca, se está más al pendiente de lo que hace el otro. Aunque quizá esa sea la idea, señalar con dedo viral para que nadie se tome la molestia de echarle un ojo a las propias miserias.

fulanoaustral@hotmail.com

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