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Domingo , 19.08.2018 / 05:48 Hoy

Australadas

El silencio me cae fine

Carlos Gutiérrez

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Ya sé que eso se gana uno por andar buscándole chichis a la serpiente. Mi tía favorita, mejor conocida en los bajos fondos como Juana La Cachonda, me lo advirtió, pero fiel a mi costumbre le di el avión: "Ráscale al pasado, ingrato, y en una de esas se te va a voltear". "¡Que la boca se le haga chicharrón, tía"!, le dije yo en mi habitual traje de mal pensado. La doñita sabía a lo que se refería. Y yo también. Cuando a uno le da por hurgar en el ayer suele encontrarse con "ya-se-sabe-qué-cosas" y todo acaba mal. Bueno, eso fue hasta que el recurso del tiempo pretérito comenzó a servir a causas mejores que hacerse marañas mentales (y otras cosas menos confesables).

Siempre me ha parecido que de los discos de Caifanes "El Silencio" es como ese miembro descarriado de la familia. De esos que todo mundo por alguna extraña razón acaba queriendo entrañablemente. Entiendo que luego de haber engendrado cuatro discos no habría mucho de dónde elegir, a pesar de que tanto el "Caifanes" (sí, el de La negra Tomasa), como "El Diablito" y "El Nervio del volcán" son trabajos impecables incluso desde su imperfección. Pero "El Silencio" me puede, como le puede a la tía Juana éste, el más cretincillo de sus sobrinos. Las razones son varias y al mismo tiempo ninguna, pues se suscriben en el campo de la vida donde la lógica brilla por su ausencia.

Dice mi compadre Sabina que una buena canción es una buena letra, una buena música, buenos arreglos, una buena voz y algo más, que nadie sabe lo que es, pero que es lo único que cuenta. El Silencio de Caifanes cuenta con catorce "algos" que le otorgan un aura difícil de describir, pero que al final es lo único que vale. Aunque tal vez ese algo sea la incomprensible narrativa de Saúl Hernández, en esa secuencia de metáforas volátiles, como en la canción Piedra; la guitarra "fraseada" de Marcovich con punteos definitorios en No dejes que...; el bajo exquisito de Sabo Romo, siempre el "Sab(i)o" de la tribu, en Nos vamos juntos; los alientos de Diego Herrera en Nubes, y la rítmica envolvente de Alfonso André en las batacas de todo el disco.

Desafortunadamente el escritor Xavier Velasco se quedó corto en tiempo y espacio, pues hubo de dedicarse a menesteres más demandantes. Por ello el autor de "Una banda nombrada Caifanes" no alcanzó a registrar la crónica de este disco, limitándose a una génesis desde La insólitas imágenes de Aurora, hasta el "Caifanes". De cualquier manera el origen de "El Silencio" también se encuentra en esas páginas de un Velasco en ciernes, camino a convertirse en la estrella literaria pop que es hoy. El texto físicamente es inconseguible, pero existen versiones electrónicas que deambulan por el ciberespacio donde se puede dar una leída.

El resto es historia. Y también parte de una escucha reiterada del discazo que hoy fue motivo de esta atalaya. Y también de ese periplo al ayer del que tanto me advirtiera mi tía. Mi deber como sobrino consentido y oveja roja de la familia es exponerla a "El Silencio", tan sonoro y estridente, tan de ayer y tan actual. Exponerla a que mañana se acuerde de ese ayer "acaifanado". No sin antes advertirle los peligros de los que hablaba Ned Rorem, los del único arte que provoca nostalgia por el futuro, la música.

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