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Australadas

El caballo sin cabeza

Carlos Gutiérrez

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A veces me dan ganas de encender la tele para ver programas de comedia, pero luego me acuerdo que los detesto y se me pasa. Por eso acabo refugiándome en pelis y series llenas de drama y demolición. Tal vez sea por mi indeclinable voluntad de renegar de la telera mexicana, o por mis gustos lóbregos, que La Huesos, antes conocida como La Niña Verdolaga, me soltó a quemarropa la madre de todas las preguntas que se pueden hacer un domingo por la mañana.

Con los estragos del sábado-pata-de-perro y el implacable rigor del hambre dominical a las 11 de la madrugada, la portátil criatura se acercó, me miró fijamente y me dijo si más: "ya viste la película de El caballo sin cabeza". Mi rostro transitó por todos los emojis del "guatsap" buscando la expresión que mejor sintetizara mi estupor. Después vino la carcajada y la mirada protectora de La Mengana como diciendo "¿por qué eres ay así?".

Evidentemente la pequeñuela se refería a la clásica historia de terror de Washington Irving, pero el desajuste semántico trajo consigo una nueva significación para la trama y un tema de conversación para la sobremesa. El gag involuntario me llevó a recordar a un maestro de la reinvención de clásicos a través de la sorna y la incorrección política.

En tiempos de la televisión estatal el canal 7 representaba un cierto bastión de otredades en el espectro nacional. Y los sábados por la noche, de la mano de Víctor Trujillo y Ausencio Cruz, La Caravana era una oportunidad para creer que la inteligencia podía ser algo más que un asunto de ciencia ficción.

Con poco más de tres pesos de producción se las arreglaban para hacer lo suyo y de paso redefinir un estilo de televisión sin artificios ni pretensiones, como no fuera la gandallez y la mala leche al servicio del ingenio. De ahí salieron Erreconerrechea, Margarito Pérez, Estetoscopio Medina Chaires y, para efectos de esta atalaya, Brozo, El Payaso Tenebroso.

De su aguardientosa voz cobraron vida las historias que nadie quería que fueran contadas, en una narrativa de quinto patio donde aparecieron El Karate Kiss, Rasponzel, El Rey Sidas, El soldadito del pomo, El batito feo, Daniel El Transexo, Las viejas de Marco Polo y Los tres boqueteros, por mencionar algunos de los títulos con los que rebautizaba viejas historias no aptas para parvulitos.

Y como del dicho al hecho con Youtube hay poco pertrecho, que me lanzo a revisar los cuentos del payaso tenebroso y me siento nuevamente en principios de los 90, frente a una caja idiota que no requería ser de alta definición ni tener sonido surround para llamar la atención. Lo de Brozo eran las guarradas y la iconoclastia con la que los mitos sagrados de los cuentos eran pasados por el Arco del Triunfo.

Así era entonces, sin pirotecnia ni pastelazo, al más puro estilo "camp", cometiendo errores a propósito, sabiendo que por mala que fuera la televisión, por oficialista que tuviera su etiqueta, estaba el recurso del sarcasmo como salvador de una tragedia llamada solemnidad en el imperio de la estupidez.

Aunque, es verdad, hoy Brozo está muy lejos de lo que era, más como una fallida manera de cambiar sin dejar de ser el mismo, que como parte de una evolución mediática institucionalizada. A veces me dan ganas de ver las cosas de otra manera, luego me acuerdo que sería muy ingenuo de mi parte y se me pasa.

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