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Sábado , 15.12.2018 / 13:23 Hoy

Australadas

Confesiones de un tragón (suicida)

Carlos Gutiérrez

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Tengo la impresión de que nunca como ahora se le ha dado tanta importancia a la cocina. Es cierto, comer siempre ha sido una actividad fundamental. Pero estos tiempos convulsos, mediatizados e interactivos son un caldo de cultivo para que la papeada se haya transformado en un asunto de proporciones monumentales. Y no sólo porque un chefcito en cada foodie le ha dado Dios al mundo. Sino por la oleada de entusiastas que van por la vida con teléfono en mano, sacando las instantáneas de todo aquello que juzgan apetecible, en una retorcida y populachera estética del paladar. Ni qué decir de las redes sociales, plagadas de críticos culinarios, guías del hambre, gurúes del sabor.

Parte de la culpa de todo este maremágnum famélico la tiene Anthony Bourdain. El mismo que sacudió al mundo el viernes pasado con su deceso. Un tipo de esos que suelen beberse la vida de un sorbo y que no tenía empacho en probar algo con tal de no quedarse con las ganas de saber a qué sabe. Bourdain era un cocinero de la vieja guardia, acostumbrado a vivir la brega que implican los fogones durante 14 o 16 horas seguidas. Y la infaltable juerga posterior. Eso y mil aventuras más quedaron consagradas en su libro más célebre “Confesiones de un chef”, que es una autobiografía cínica y, por lo mismo, cautivante.

En tiempos de petulantes cocineros malhablados que se regodean al maltratar a sus pinches en shows televisivos de cuarta, Anthony fue un simple perseguidor de sabores. Más allá de Gordon Ramsay, Paula Deen, Bobby Flay, Giada De Laurentiis, Ina Garten, Mario Batalli y los que se acumulen esta semana, la labor de Bourdain fue la de un simple mortal que perseguía una sabia sentencia: comer y disfrutar. Pues, como él mismo decía, era un chef, escritor y presentador televisivo. Viajaba y comía, esa era su labor.

Curioso andante del mundo, con esa mirada de quien lo ha visto todo y sigue sorprendiéndose como la primera vez. Un tipo que hizo cualquier cosa y sin medida, y que se fumó hasta el gato. Así fue Anthony Bourdain, quizá el último de los cocineros públicos honestos que la gente habría reconocido en la calle. De él se desprenden grandes enseñanzas en boga, en especial ahora que decidió quitarse la vida. Sencillas, sin pretensiones esnobistas ni alharacas estridentes. ¿Habrá algo más sabroso en esta vida matraca que pasar por ella así? Solamente comer y viajar como si no hubiera mañana. Ni hoy, ni nunca.

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