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Lunes , 25.06.2018 / 01:16 Hoy

Australadas

Cocinador

Carlos Gutiérrez

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¡Quiero ir a los "abarutos"!, decía mi sobrino El Batán cuando apenas ostentaba la tierna edad de 4 años. Desde su imperfecto español el chaval se refería a los columpios del parque y no se explicaba por qué los mayores, enfermos de adultez no entendían su necesidad. Las "mononas" eran esas aves canallas que para el resto de la humanidad se llaman palomas, pero no para La Bitelyus (hija de mi hermana La Champiñona). Con estos antecedentes lingüístico-genealógicos de por medio, no es de sorprender que ocurran estragos en la familia con consecuencias hilarantes, por decir lo menos.

El fin de semana pasado apareció en casa como quien no quiere la cosa La Vale, que además de ser otra de mis demoliciones llamadas sobrinos, es la versión humana de Woodstock, el pajarillo de Snoopy. La güereja en cuestión me sorprendió con las manos en la masa, preparando el pipirín del domingo, mientras le echaba el ojo a todo cuanto había a su alrededor. En un lugar del comedor encontró un coquetón estuche que se disponía a abrir, cuando la astucia con la que ni yo mismo contaba, me avisó que nos iba a cargar el payaso si no hacía algo a tiempo.

La portátil criatura amarilla quería ver lo que contenía un paquete que me acababa de agenciar y que funge como mochila de útiles escolares. Es un estuche de cuchillos para chef. ¿Sabes qué cosa es un chef? Sip, me dijo segura de su sapiencia. Es un cocinador. Y se fue muy oronda dejándome con los fierros en las manos. Ahí fue cuando entendí el nombre de la profesión que acababa de abrazar. Luego de casi dos años de estar dando lata en la radio con el tema de la cocina y de declararme mejor tragaldabas que ejecutante de recetas, se me hizo escuchar la voz del santo de los cocineros, San Pascual Bailón.

Con esta lógica digna de un pretzel, me he sentido como niño a punto de entrar a la primaria, con filipina, gorro y pantalón de mascota, y debo reconocer que desde hace tres semanas las aulas de mi escuela ya tiemblan con la presencia del Fulano cocinador. Y como entre la chavala de seis años y su tío de 30 y diez media mucha menos diferencia de edades que la obvia, que me lanzo a presumirle mi ajuar de Ratatouille con todo y zapatitos antiderrapantes. Eso nos trajo de vuelta a la cocina para que le presumiera mi primer fondo de caldo (mir poix pa´los cuates), mismo que le resultó completamente intrascendente cuando le dije que aspirara los aromas que de él se desprendían.

Le conté que se trataba de un caldo con verduras, de esas que ni en pesadillas se comería: poro, apio, zanahoria y cebolla, cociéndose en agua con retazos de pollo y yerbas aromáticas. Y de pronto sentí que los papeles se invertían y que era yo el escuincle que insistía, cocinando, en demostrarle al mundo que ya había aprendido a leer. Y bien puede valer la analogía, en especial por el significado que tiene la transformación de ingredientes en asuntos comestibles. Como cuando las palabras se transforman en disparates, pero que consiguen escucharse con voz menos severa, con musicalidad parvularia. Por eso he decidido no ser chef ni cocinero, como tantos alquimistas del fuego sostienen, soy un mero cocinador. Y si no pregúntenle a La Vale.

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