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Viernes , 22.06.2018 / 14:50 Hoy

Australadas

Bukianos

Carlos Gutiérrez

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Hace un titipuchal de años, durante mi estancia en la universidad, cierto maestro propuso un ejercicio para su clase cien por ciento volátil. Consistía en imaginarse fuera de uno mismo para verse desde otra perspectiva. Se trataba de extrañarnos un poco, volvernos extraños y salirnos de nosotros. El numerito fue lo bastante loco para atraer la dispersa atención del personal y lo suficientemente efectivo para que, veinte años después, siga rondando la cabecita orate del fulano que esto escribe.

Ahora que el arte de autollamarse por teléfono se ha vuelto una bonita costumbre, he recordado como nunca aquella vieja lección y he intentado por todos los medios echarme un lazo por el celular, nomás para ver qué se siente que me marque y me diga al oído algo "chenchualón". El problema es que cuando más entusiasmado estaba, mis fuentes me informaron que se trataba de una más de las jaladas que adjudican a los mañosos y con la que, bajo el nombre de extorsión, estaban jodiéndole la vida al prójimo.

"Dibodo, Caditos", el viajezote con mi voz como capitán de vuelo será para la otra, no vaya a ser que por andar de creativo chile frito me den en la mía los malandros. Por chascos como éste es que uno se embriaga, al estilo de Baudelaire, de virtud, de vino o de poesía, de lo que sea. Y fue justo esa desazón la que me llevó a una tierra ajena a cometer la fuga en busca del elíxir borrachuzo. Esa y la propuesta indecorosa de mi señora, La Mengana, para acompañarla a ella y a su sacrosanta progenitora al concierto de Marco Antonio Solís en Puebla.

Uno no tiene la más remota idea de cuanta cultura popular ha consumido "cashi shin" querer, hasta que se está ante la presencia del Buki. Por más que uno reniegue la cruz de su parroquia, las canciones sencillamente fluyen y las letras hacen patria en la boca. Así de simple. Ahí fue donde el exorcismo de la extorsionada se gestó. Y es que por cosas así es que uno se olvida incluso de sí mismo. Mientras me preguntaba A dónde vamos a parar, Tu cárcel sonaba, dando paso a Si te pudiera mentir, con todo y Necesito una compañera.

Justo en ese momento caí en la cuenta de que salir de mí sería mucho más efectivo con la chunchaca y la sabrosa sabrosura del poeta del pueblo. Por eso de vuelta a la tierra del chorizo nos recetamos tan tremenda sobredosis "Bukiana" que aún resuena en la carretera. Y todo por culpa de esos méndigos que me antojaron la extrañeza de hablarme por teléfono.

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