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Martes , 19.06.2018 / 21:14 Hoy

Australadas

Antigodinato

Carlos Gutiérrez

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Los gringos le llaman workaholic y, sí, es una raya más del tigre. Como si no fuera suficiente la colección de obsesiones, manías, tarugadas, compulsiones y demás, habrá que agregar la adicción al trabajo. Debo reconocerlo, tengo la fea costumbre de estar trabajando siempre. Incluso cuando se supone que hay que descansar. Ignoro si es porque me da por ver el trabajo como un hobbie, o porque los pasatiempos me los suelo tomar demasiado en serio, pero así es la cosa.

Por ello me sorprendo cuando algún colega comenta, en el marco de la hora de la comida, la proximidad de un día de asueto. "¿De veras no sabes que viene un puente o nomás te haces?", me preguntan con el escepticismo que brinda haberse mimetizado con el mobiliario oficinista y saberse parte del inventario. "¿Es netaaaa?", concluyen. No solamente es cierto, sino que, además (como dirían mis compadres de Les Luthiers), es verídico. Usualmente el último en enterarse de esas cosas suele ser este fulano que escribe. De esas y de muchas otras.

Una forma de evaluar la eficacia de un chisme es verificar hasta qué oídos ha llegado. Si la versión ha topado con los míos, es signo inequívoco de que todo el mundo se ha enterado antes. Justo como con los puentes, suspensiones, asuetos y demás triquiñuelas propias de la clase trabajadora y de la sindicalizada, que no necesariamente es lo mismo. Y de las vacaciones ni hablar. Hay que acudir a las consabidas presiones para orillarme a tomarlas. Sí, lo acepto, en esta columna jamás se ha presumido la cordura.

El colmo de la adicción al trabajo (y de la pasguatez), llegó con el inicio de un ciclo escolar más. Con la fecha puesta en martes, heme a las siete de la mañana llegando a clase, con la consabida ausencia de la gente decente (y también de mis alumnos). Sin ánimo de establecer un mátame-esta, supera por mucho a la distracción de ir a trabajar (sin tener que hacerlo) en fin de semana.

Son miembros erguidos del godinato aquellos que consagran sus talentos al oficio del oficinismo. Que cumplen a cabalidad los horarios y esperan el último segundo de la jornada para salir corriendo. Que disfrutan de las tandas, las horas muertas y que ansían tanto como esperan los descansos obligatorios y las suspensiones. Si es cierto que uno se define por aquello que no es, el antigodinez sería el hashtag en tiempos de etiqueta. Una curiosa condena a partir de esa fea costumbre de estar trabajando siempre. Qué feo que sean así.

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