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Viernes , 22.06.2018 / 12:38 Hoy

Australadas

Agua maldita

Carlos Gutiérrez

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Mi carnalito del alma, El Vakey, siempre ha sido mi paradigma de corrección política. Es un tipo casi entrado en los cuarenta con quien cinco lustros de amistad me otorgan la autoridad moral suficiente para catalogarlo como todo un caballero. A su lado este Fulano que escribe es el mejor ejemplo de la guarrez, pues aunque fui criado con el Manual de Carreño como libro de cuentos de cuna, algo en mi interior suele poner en evidencia el código de barras que me define. Y eso ha hecho que en múltiples ocasiones El Vakey esboce un discreto ¡Carlangas!, a manera de regaño, cuando salgo con una de mis trapacerías verbales.

Pero a pesar de sus esfuerzos por corregirme, mi natural inclinación hacia el lado oscuro de la vida me ha llevado por sitios que poco o nada comulgan con la decencia y las buenas maneras. Así, fue en mis años mozos que descubrí el rocanrolito por la vía escénica, haciendo las veces de "vocalista" de una banda de cuadernos de doble raya. Y con los reflectores de por medio uno tiene de dos sopas: le entra frío y sale huyendo o descubre el poder de la insolencia y hace suyo el numerito. En mi caso ocurrió lo segundo.

Ahí acabé por hundir en el fango el buen nombre de la raza y aprendí dos o tres cosas de la farándula. Pero sobre comenzó a pulirse el gandalla que todos llevamos dentro. En mi carácter de miembro erguido del naquismo militante, elevé a rango de himno para las masas las más coloridas canciones, haciendo énfasis en las frases alvaradeñas más ocurrentes, para beneplácito del personal. Los años pasaron y la vida volvió a ponerme en un escenario con nuevos camaradas de tertulia y un viejo cuatacho de la "inflancia" y la "alcoholescencia" rocanrolera.

Y entonces un sueño tantas veces acariciado fue posible, cantar las rolitas de Molotov como quien entona cánticos futboleros. Los ensayos habían comenzado tiempo atrás cuando enseñaba buenos modos y mejores rolas a mi sobrino de cuatro años, El Batán, a ritmo de Rastamandita, aunque por entendibles razones la censura familiar pedía que obviara las leperadas. Ni hablar, donde mandan capitanas no gobiernan los groseros. Esta preparación filial hizo lo suyo para que después la nueva banda pusiera la mesa para el banquete del alarido y la lira.

Recuerdo este pasaje con el cariño de una nostalgia que me ha vuelto a transportar frente a un micrófono, justo mientras escucho con interés "Agua maldita", el nuevo disco de Molotov. Hacía siete años del último material de estudio y ya se antojaba una nueva descarga del poder desenfadado del Güidos, Tito, Paco y el Gringo Loco. Y al menos desde el cuestionable juicio de quien esto escribe, suena sabroso, coqueto y contundente. Cierto es que en pleno siglo veintiuno las incendiarias consignas de antaño ya no resultan novedosas. Hoy cualquier hijo de vecino mienta madres a la menor provocación, pero el disco de Molotov suena fresco y con el toque de las letras ingeniosas que, a pesar del paso del tiempo, le siguen pintando dedo a quien se deje.

Hay nuevas rolas en la calle, con ajos, cebollas, mucho humor y una buena dosis de bajos y guitarras. Molotov está en la casa y eso es suficiente para celebrar el compromiso con las tiernas costumbres de la guarrez. Aunque El Vakey, El Batán y la familia entera pidan a gritos que me calle.

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