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A lo warrior

Pedro

Carlos Guerrero

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Pintoresco luce el pueblo en los días donde los muertos celebran entre anaranjadas flores y peculiares altares. 

Con otro cetro que reabre las vitrinas tras el triunfo en Monterrey, nuevos aires sacuden de ilusión al empolvado azul que hoy se zambulle en esperanza. ‘Ésta será la buena’.- murmullan las paredes. 

Cruz Azul que dormita desde aquel caluroso y lejano verano, se aferró al tiempo como una tuerca oxidada añorando que éste hiciera el resto sin saber que el destino es olvidadizo y escurridizo. 

Tuvo que ser entonces la abrupta sacudida de un torero la que despertara del letargo al monstruo esparcido. 

Hombre de arena y ruedo. Saltador de suerte y evasor de la muerte entre toriles y puerta de arrastre. Si no le teme a medio tonelaje mucho menos al destierro. 

¿Qué sería para él una derrota si la derrota no mata, sólo duele? 

Hombre de apretada quijada, acento lejano y mirada endulzada. 

Bien fajado y de valor embriagado, los días los vive Pedro como las punzantes tardes donde le colgaba a su pecho un imaginario peto de acero para detener el impacto de aquello que se dejaba venir sin temor de veto. 

¿Qué es para él la victoria si mucho menos mata y sí enaltece? 

En plena noche de Copa de manera galante y con garbo suficiente sacudió tierra de su traje. Apretó el puño y dejó que la ovación del segundo gol le arponeara el orgullo hasta decirse listo para la embestida importante. Esa que pondrá a prueba a su fortaleza desafiante. 

El forcado luce imperturbable sobre la grana. Siete toros lo esperan aunque con deseo de no toparlo. 

Dicen en el pueblo que claveles azules se han cortado para volar desde el tendido por si acaso sale en hombros. Como lo hacen los grandes y valerosos.

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