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A lo warrior

El México que detesto

Carlos Guerrero

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Falta poco más de una hora para el juego. El Estadio Luzhniki comienza a pintarse de verde. Entran los primeros aficionados que debieron pagar miles de pesos y viajar miles de kilómetros para llegar hasta ahí, a ese sitio donde se habría de escribir una de las gestas más lindas en la historia del futbol mexicano.

En medio de una mezcla indescriptible de ansiedad, nerviosismo y emoción, me colocan los aparatos de comunicación para comenzar la transmisión.

Levanto la mirada hacia el graderío que ya entona “Cielito Lindo” y… vaya sorpresa, veo cómo uno de los “nuestros” va de un lado a otro como si estuviera bajo tormenta en altamar en la proa de un viejo barco.

Lleva enredada la bandera de México como túnica de pensador griego.

Me “pinta dedo” y supongo, intenta insultarme con una boca adormecida que apenas le da para balbucear.

El alcohol le ha rebasado los niveles.

Salta México a la cancha y el aficionado está más pendiente de mí y de mis colegas -a quienes también repartió improperios- que de Lozano, Herrera, Ochoa y compañía. Que del majestuoso escenario y del campeón del mundo Alemania.

Llegó hasta Moscú y su capacidad de asombro se fue a la basura por una mirada nebulosa y nauseabunda. Dudo haya logrado disfrutar de la hazaña consumada y si lloró, fue más por un mal estado que por un corazón conmovido.

Y así como él, lamentablemente miles han venido de tan lejos para dejarnos en ridículo ante el mundo con vulgares, repugnantes y vergonzosos actos en los estadios y en las calles.

No son la mayoría evidentemente, pero unos cuantos bastan para que nuestro país sea el eterno señalado. El chico malo, el envalentonado y el que sale de casa para hacer destrozos.

Siento pena. Una disculpa por todos aquellos que sí han venido a la fiesta sin excesos.

carlosguerrerogallegos@gmail.com • Twitter@CARLOSLGUERRERO

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