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Martes , 11.12.2018 / 06:00 Hoy

La letra desobediente

"Narco" en CdMx

Braulio Peralta

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Entender el tema de las drogas no desde la denuncia por el narcotráfico, no como amenazas a periodistas, población civil o creadores. Entenderlo cuando varios amigos han caído en ese mundo como consumidores. En marzo inicié a escribir sobre el tema. Dije:

“El límite entre el Estado de México y la capital es un campo minado. No es solo la muerte en Chihuahua de la periodista Miroslava Breach, los reporteros asesinados en Veracruz, las amenazas de muerte a la artista Rosa María Robles en Culiacán, y muchos más. No. En ese límite está el germen de una explosión que llegará hasta el kilómetro cero, en el mismo Zócalo donde manda Mancera (que en la colonia Guerrero ya tiene ejemplos de lo que vendrá)”.

Bueno, pues ya está en Tláhuac, la Guerrero y el Centro Histórico —y lo que sume, como Iztapalapa y Ciudad Neza—, sean cárteles o no. Es la mentira con la que pretendemos disfrazar nuestra triste realidad: en las familias existen pruebas palpables del consumo de estupefacientes. Al escribir del tema me he abocado en la tragedia de quien cae en el consumo. Porque me importa más el lado humano que el negocio de la droga (la lucha es responsabilidad del Estado y los gobiernos, todos, no solo el federal de Enrique Peña Nieto).

La denuncia contra del narcotráfico es imparable, mientras el consumo de estupefacientes crece cada año y nadie hace nada por esos pacientes —que eso son—. Abandonados a su suerte, en centros de recuperación que trabajan al margen de la ley, sin protección la mayoría. O arrastrados hasta las cloacas de la ciudad, como lo hacen en Berlín, París o Madrid —por eso no los vemos los turistas—, pero no se resuelve el asunto.

Creer que el problema es solo de México es perder perspectiva. Estados Unidos —el país que más consume drogas— también forma parte de ese panorama desolador (basta con ver el cine que cínicamente hace comedia de la tragedia del narcotráfico, mientras nosotros nos enterramos en ideologías baratas y nos culpamos los unos a los otros). No. Es un conflicto de muchas aristas donde todos somos responsables, internacionalmente.

Hablar de drogas es hablar de personas que consumen y de quienes —los narcotraficantes— hacen negocio con ellas. No atender ese círculo perfecto es cerrar la puerta a las soluciones sanitarias, antes que detener delincuentes en espiral sin fin. Nadie quiere más muertes, incluidas las de los adictos.

TRASPIÉ: Héctor de Mauleón dejó la ficción para arrojarse al periodismo como expresión literaria. Ganamos los lectores. Que las amenazas sean eso: amenazas. Vida al periodismo. Eso.

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