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Lunes , 16.07.2018 / 08:27 Hoy

La letra desobediente

México, a terapia con Trump

Braulio Peralta

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Todos estamos en terapia de grupo, o en shock. Donald Trump, en el inconsciente colectivo. Nadie ha dejado el tema desde las elecciones en Estados Unidos, las que Hillary Clinton perdió aun cuando tiene más de la mitad de la votación (“perdió” es un decir: la negociación apenas comienza en un país dividido, donde los demócratas tienen que hacer valer sus ganancias poselectorales).

Pero sí, lo políticamente correcto se desparramó por los suelos. Se le olvidó a la gente pensante —inteligente, intelectual, de los medios de comunicación— que los municipios rurales del más profundo Estados Unidos podían hacer la diferencia para que el candidato de la derecha se erigiera triunfador. (Algo que hasta hace poco el PRI tenía perfectamente calculado para ganar elecciones de todo tipo, pero ahora ya sin contar con la maestra Elba Esther, la gran operadora, la última mientras no aparezca otro mecanismo de cooptación).

Las encuestas que dieron el triunfo a la perdedora por encima del ganador viven momentos de vergüenza, incredulidad, desconfianza, estupor y descrédito irreparable a la hora de la verdad. Claro, la gente mintió al decir la verdad sobre sus preferencias porque no quería verse racista como el candidato Trump, hoy presidente electo. (Lo mismo pasó en México con el PRI: nadie votaba por él, pero ganaban elecciones, con o sin trampas. Los mexicanos mienten: lo vimos en Estados Unidos, donde dieron su voto a quien ni siquiera los quiere. Es duro).

A terapia de grupo todos, sin excepción. No hay casi nadie en México que no tenga relación con el país del norte; las Patronas —hermoso retrato el que hacen de ellas en el filme Llévate mis amores— lo saben. La frontera sur del país también lo sabe, por tantos centroamericanos que pasan por ahí. Y las mujeres solas de nuestros municipios rurales, abandonadas por sus maridos que se van a buscar dólares, igual. (Esas zonas rurales, pero de Estados Unidos, hoy le dijeron a la democracia globalizada “no a los migrantes”).

El pesimismo a todo lo que da por las elecciones de allá. Qué “buena vibra” ni qué nada. A tirarnos al suelo, a dar patadas de ahogado, a ser negativos. A no trabajar a favor de la adversidad de una nación que nunca —nunca, nunca— nos ha dado nada más que pérdidas o limosnas. Cada vez creo menos en esos mexicanos del otro lado, incapaces de pensar que esta era la mejor oportunidad de levantarnos de la tragedia de vivir hincados. (Juárez, cuánta falta nos haces).

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