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La letra desobediente

Las críticas a ‘Roma’

Braulio Peralta

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Hoy discutimos el filme de Alfonso Cuarón, Roma. Lo mismo pasó ayer con Los olvidados, de Luis Buñuel, y con Amores perros, de González Iñárritu. Cuando eso ha sucedido, el cine logra proporciones dignas del fin del arte: el debate de ideas, sean pedestres, inteligentes, sinceras, carroñeras, intelectualoides, de especialistas en la crítica de cine, o simples sí o no me gusta. Los mexicanos hablamos mal o bien de una película que el mundo está viendo con asombro, con renovación en las formas y estilos de hacer películas. Se agradece que Roma sea centro de confrontaciones, no la política o la religión.

Roma retrata dos clases sociales: los pobres en las figuras indígenas de dos sirvientas y el novio de una de ellas —así como el chofer de los patrones—, y la sociedad clasemediera de una familia que vive de la profesión de un médico del Seguro Social. Un ama de casa y la abuela cuidan y atienden a los hijos, con apoyo de la nana Cleo —interpretada por Yalitza Aparicio—, la que ha sido hostigada vía el racismo. ¡Ya bájense del pasado!

Nunca los mexicanos habíamos discutido tanto de cine. Molestaba en los 50 que Buñuel en Los olvidados diera la imagen de un país de miserables. Octavio Paz salió en defensa del cineasta. De González Iñárritu con Amores perros empezamos a ver cine nacional erradicado de las salas, y otra vez los pobres en versión 90 (hay quienes vimos en ella la versión moderna de Los olvidados, pero toda va tan rápido que hoy se repite la similitud). En Roma es la empleada doméstica el centro del crecimiento de un país que vivió de noche la época de Luis Echeverría y su halconazo —que en el filme da la oportunidad de recordar esa historia arrinconada, y de la que Joel Ortega ya escribió aquí, impecable, el pasado 22 de diciembre—. O de como el poeta David Huerta nos recuerda —gran hallazgo—, la cercanía de Roma con Luis Malle, en el filme El halcón (en El Universal). Solo con esa secuencia del halconazo el filme vale oro e historia. Pero hay más…

¿Qué discutimos los mexicanos con Roma como pretexto? Mucho de lo que somos, lo que hacemos, la forma y la idea del mundo externo e interno, con autocrítica y sin ella. Si juntáramos lo dicho y escrito sobre Roma podríamos encontrar el laberinto de nuestra soledad, a pesar de que Cuarón solo quiso retratar un pedazo de su infancia. Y quizá justo por eso: porque infancia es destino y de allí surgen razones y emociones que se disparan en momentos de crisis existencial. Roma nos despierta. O hay quienes siguen dormidos y así continuarán, con sus prejuicios a cuestas, vociferando contra las criadas en vez de comprender espacios de reflexión donde se encuentren los opuestos.

En mi puerto (Tuxpan, Veracruz), la gente arremetió contra Roma porque se dice que “las playas son bien feas”; eso, en su momento cumbre, cuando alguien puede morir ahogado en el mar, allí donde las emociones muestran el rostro humano de la solidaridad con que crecimos. No comprender eso es el rango negativo de los críticos de la cinta, un guion abierto de Cuarón que abrió el debate para entender un poco de arte y cultura de México. El cine no es la vida pero gracias a él entendemos un poco de su existencia.

Gracias a Buñuel, González Iñárritu y Cuarón.

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