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Miércoles , 20.06.2018 / 12:05 Hoy

La letra desobediente

El Diamante Pritzker

Braulio Peralta

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Luis Barragán fue soltero, no se casó ni tuvo hijos. Fue católico. Un dandi que aprendió en solitario a mirar el paisaje y la arquitectura. Un esteta enamorado de la belleza, racional y emocional. Lo plasmó en los 13 mil 500 dibujos que posee la fundación suiza que comanda Federica Zanco, la única que puede quedarse con el diamante que ideó Jill Magid —que lo custodia, pues no puede ser vendido—. Un diamante invaluable, de cara al escándalo y codicia de los coleccionistas, que lo desean. Zanco debería regresar a México los archivos del arquitecto para obtener la pieza. ¿Sueño imposible?

El diamante y el proceso para llegar a él es una construcción conceptual que lleva años —desde 2013—, con cartas, permisos, curadurías, exposiciones de la artista sobre el arquitecto, el único nacional que obtuvo el Pritzker. Claro que a Barragán no le hubiera gustado ser centro del debate (poco sabemos de su vida privada). Pero el arte conceptual es una realidad. No hay marcha atrás. Con Duchamp arrancó el género, cuando reinventó en 1917 el urinario modelo Bedfordshire, que nombró “Fuente”. Ya pasaron 100 años…

Es bueno que sea la Universidad Nacional Autónoma de México —la libertad creativa del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC)— la depositaria del debate estético, esperemos que no político ni religioso. Censurar sería perder libertad de expresión en las artes. (Hoy, el Estado Vaticano prohíbe que cenizas de difuntos terminen en piezas de joyería o esparcidas en la naturaleza).

La tumba de Luis Barragán ha sido profanada dos veces: no solo por Jill Magid y quienes dieron los permisos. Barragán muere en 1988 y se le entierra a nivel familiar. En 2002, a petición del gobierno de Jalisco, exhuman e inhuman al arquitecto en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. ¿Hacerlo oficialmente no incordia, pero lo estético, por 525 gramos de cenizas, sí? Hay cierto moralismo en detractores, pero el arte —bueno o malo— no se lleva con eso. Ese diamante ya no es un objeto de joyería: es arte conceptual y Luis Barragán es ese objeto estético, guste o no.

Craso error de algunos —no toda la comunidad cultural—, pretender negar la exhibición de un hecho consumado. Que el público en libertad lo comenté, lo denosté, lo asuma como arte o no, pero lejos de moral, buenas costumbres o religión. Que el arte conceptual haya logrado semejante acontecimiento habla de la vivacidad de lo contemporáneo.

Jill Magid nos puso a confrontar ideas. No es poco. Ojalá sus deseos se cumplan y el archivo Barragán regrese a México, gracias al Diamante Pritzker.

Aunque…

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