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Lunes , 22.10.2018 / 04:08 Hoy

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Ante la crisis de confianza, recuperar la ética política

Bernardo Barranco

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Lo que fue una gran esperanza en la reforma del 2014 sobre la creación de la figura de los candidatos independientes, hoy, es una amarga desilusión.

Del informe del INE se desprende que todos los candidatos independientes hicieron trampa.

Sin embargo, quedan fuera, por no haber alcanzado el mínimo de firmas cuando deberían ser sancionados por pretender engañar a las autoridades electorales y a las instituciones.

En el Edomex, el IEEM en 2017 fue indolente sin exhaustividad ante las candidaturas de Isidro Pastor y Teresa Castell.

La corrupción sigue azotando la poca credibilidad en los actores electorales.

La corrupción en el sentido estricto, son los esguinces o torceduras de ética cada vez más intolerables a los ojos de una ciudadanía cansada de escándalos.

Puede emerger una pérdida de control de los que toman las decisiones, desorden de los actores y degradación de la homeostasis, es decir, descomposición.

Una ciudadanía está harta de observar los conflictos de interés, cabildeos opacos y decisiones motivadas más por intereses privados que por el interés general.

Desde hace décadas venimos hablando de la moralización de la vida pública pero la clase política hace oídos sordos y éste factor podría ser determinante en el resultado electoral del 2018.

Está en juego la crisis de confianza de no solo de los actores políticos sino de las instituciones.

Mientras la moralidad responde a la cuestión del deber ser, es imperativa y absoluta. Es el dominio de la fe (fides), la convicción íntima, la emoción, la ideología y la tradición.

Respaldado por un código que distingue el bien del mal.

La ética, en cambio, es el objeto de la "filosofía moral", es el dominio de la razón.

Aplicada a situaciones que pueden ser complejas, implica un discernimiento a través del razonamiento.

La preeminencia de la crisis ética en una sociedad lleva a situaciones fuera del control de los actores, siguiendo comportamientos peligrosos y amenazantes, perjudiciales para la sociedad y a la estabilidad.

Por ello, para Emmanuel Kant es la ética de la convicción.

Para Hans Jonas, es la ética de la responsabilidad.

Para Emmanuel Levinas es la ética de la otredad, sobre todo, el Otro disminuido.

Para Jürgen Habermas, la ética de la discusión, es decir, debato mis valores con los de los demás para actuar según las normas consensuadas, compartidas y reconocidas por todos.

En el proceso electoral actual están en juego no solo los cargos.

Sin ética no hay democracia.

Sin valores se fractura la relación entre el poder y la política.

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