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Del plato a la boca

Toluca y los viajes del siglo XIX

Benjamín Ramírez

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Entre carruajes, caballos y mulas, viajando por caminos poco amigables, rocosos o simplemente largos y cansados, con climas contrastantes, del calor seco bajo un sol inclemente hasta el frío matutino inundado de una neblina espesa. EL siglo XIX está repleto de estas crónicas, protagonizadas por viajeros tanto nacionales como extranjeros, aquellos que por negocios, política o simple placer recorrían un territorio en ocasiones inhóspito por leguas. Y que partiendo de la capital, la ciudad de México, podía llevar varias horas, y múltiples acontecimientos, llegar a poblados como Cuajimalpa o Lerma. De entre aquellos viajeros, en medio de sucesos poco gratos o bochornosos, pero siempre halagadores, llega Madame Calderón de la Barca en su paso por el valle de Toluca.

A pesar de que la historia oficial de México coloca como la culminación de la lucho por la independencia con la entrada del Ejército Trigarante a la capital en 1821, no es sino hasta 1836 cuando se reconoce la separación del virreinato mexicano de la Corona Española, por lo tanto se da paso a una relación de tipo comercial y diplomática. Para 1839, es enviado a México al primer ministro plenipotenciario de España, don Ángel Calderón de la Barca, quien sería el encargado de mantener lazos políticos con el nuevo gobierno. Este personaje arribaría al puerto de Veracruz el 18 de diciembre del año ya mencionado, junto con su esposa, reconocida bajo en nombre de Madame Calderón de la Barca, quien, durante el tiempo que residió en el país, un lapso de dos años, vivenciaría la vida cotidiana del territorio a pie, a caballo o a carreta, según se le presentase oportunidad.

Entre sus escritos, compilados en la obra La vida en México. Durante una residencia de dos años en este país, publicado en 1959, encontramos su paso por la capital de este estado, con dirección a la Hacienda de La Gavia, y posteriormente al estado de Michoacán, su cruce obligado por la ciudad de Toluca se llena de acontecimientos y limitaciones propias de la época. Si bien el viaje relatado en nada se parece al actual trayecto, es de destacar la descripción del paisaje, en el que describe un camino llano, con pocos o nulos árboles, pero basto de magueyes y arbustos pequeños, con amplias sembradíos de maíz y muy pocos habitantes.

A su llegada a la capital, que reconoce como limpia pero solitaria, relata su recorrido entre la Alameda y los Portales, estos últimos comenzando a ser construidos en 1832. En cuanto a su alimentación, el relato es escaso, menciona que durante la cena se sirvió un guiso de aves, no señala de que tipo, y un plato de frijol. Aunque en la mayoría de los trayectos se negociaba con los habitantes de la región la elaboración de tortillas o gorditas, y entendiendo como un desayuno, una taza de chocolate. Lejos se estaba de degustar una torta chorizo o beber unos mosquitos, tampoco un helado en la Alameda o una dorada con nopales y frijoles refritos.

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