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Del plato a la boca

Los glotones modernos

Benjamín Ramírez

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¡Los mejores tacos!, ¡el más barato!, ¡las mejores tortas!, ¡el más abundante!, ¡el mejor café!, ¡los más llenadores! Detrás de estas expresiones podemos identificar dos mundos que día a día se contraponen, donde “lo mejor” no siempre significa “lo más barato”, o donde lo más “rico” no siempre es lo más abundante. Pero como sociedad hemos creado patrones de estratificación aplicables también a la comida, ya sea entre restaurantes, fondas y cocinas económicas hasta cafeterías, garnacherías y desde hace algunos años, taquerías. La intensión fundamental aparente es pertenecer a algún grupo o categoría.

Como si se tratase de las modernas tribus urbanas tenemos especialistas amateurs en maratones (llamados runners), amantes a las mascotas y apasionados por lugares para comer y beber, denominados como foodies. Concentrándonos en este último, término gestado desde los años ochenta por los periodistas Paul Levy, Anna Barr y Mat Sloan, encaminados en conglomerar a aquellas personas que se alejaban del fast food y la sobre-industrialización de los alimentos; en tiempos modernos su labor destaca en conocer todos los pormenores de establecimientos que ofertan todo tipo de alimentos o bebidas, de igual forma se rescata su compartición de experiencias en las redes sociales, ya sea por medio de blogs o fotografías tanto en Instagram, Facebook o Twitter. Desde una perspectiva simple podríamos considerar como publicidad gratuita, medios para incrementar el interés y ventas, pero también maniobras para impulsar desde ingredientes, cocinas o productos regionales, autóctonos o prácticamente desconocidos en las urbes.

No hace falta decir que este término se llega a confundir con el antaño gourmet, sinónimo de fino, elegante y caro en estos tiempos; pero que representara a una clase elevada que era conocedora de platillos y cocinas de tendencia, al igual que de buenos vinos y los mejores tabacos. Aunque ante esta comparativa, el foodie se autodenomina como popular, lejos de la suntuosidad del otro término, pero que en pocas palabras el resultado llega a ser el mismo.

Sin embargo, y en repetidas ocasiones se a expuesto la peligrosidad de categorizar a la cocina y su comida; más allá de la libertad del comensal, gustos y predilecciones, el colocar etiquetas, distintivos o emblemas en una sociedad consumidora-capitalista implica la sobreexplotación de un producto, un impulso desmedido o la captación por parte de grandes empresas de dichos productos. Además de la superficialidad que llega a inundar tanto los blogs de dichos foodies, como de sus seguidores. No hay más que el consumo consciente y direccionado a mantener, si así se desea, una balanza del consumo.

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