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Lunes , 24.09.2018 / 22:38 Hoy

Del plato a la boca

El llamado de la fe

Benjamín Ramírez

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A primera hora las campanadas retumban en el atrio de la iglesia, los incensarios humean al igual que las veladoras y los cirios, la sotana y la Biblia dejan su espacio habitual y se daba inicio a la primera misa del día.

Pareciera que fue ayer cuando, entre el luto, el sacrificio y la gula, vivíamos la Semana Santa; hace apenas una semana el panorama afuera de las iglesias se adornaba entre feligreses, imágenes religiosas, crucifijos y un abanico de alimentos, que más allá de ser considerados como una solución para saciar el hambre representaban el verdadero legado del encuentro entre la Europa cristiana y la América septentrional.

En múltiples ocasiones hemos planteado el tema del hambre, la cuaresma y la gula en torno a la Semana Santa, retomando desde el estricto protocolo religioso por medio de la vigilia, la penitencia y la omisión en el consumo de todos aquellos alimentos que nos produzcan un goce; en otros momentos acudimos a la historia para conocer cómo fue la adaptación y vida en la Nueva España durante este época y pudimos conocer las dispensas papales, ligadas a las temporadas de secas y hambrunas, dando cierta flexibilidad en la dieta novohispana; llegando a analizar en las funciones orgánicas de la alimentación a base de pescados, quelite, frutas y verduras de temporada, considerando que estas "purificaban el alma" por medio de la desintoxicación; mientras que en alguna ocasión se cuestionaba si realmente nos encontrábamos frente a un sacrificio o una delicia, considerando que los alimentos denominados "de vigilia" eran en realidad una manjar.

Y a partir de estos manjares es como recapitulamos unos de los fenómenos más interesantes de la Semana Santa, la transformación de dos mundos los cuales pudimos analizar a las afueras de cualquier iglesia en la Semana Santa. Entre ollas vaporosas, rebanadas de pastel, dulces en almíbar, elotes cocidos, forzosos esquites, y uno que otro pecador puesto de tacos nos paseamos entre las iglesias de la ciudad de Toluca; el escenario fue la Iglesia del Carmen, que entre su arraigada tradición también contó con esta escenificación, la de parroquianos viviendo, comiendo y disfrutando de las fiestas litúrgicas a través del paladar.

Maíz, trigo, chile, azúcar, cacao, canela, entre muchos componentes de la dieta, ahora tan mexicana, son los pocos testigos de cómo se ha construido tanto la fe como la alimentación en esta nación; y aunque estemos lejos de los años en que el luto, el ayuno y la penitencia eran un estatuto inamovible, si podríamos considerar como ejemplo de la devoción a la concurrencia, quien ve en la variedad de alimentos la riqueza se que ha construido a lo largo de los años y, también, en la intimidad de conventos, monasterios e iglesias.

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