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Sábado , 21.07.2018 / 15:22 Hoy

El ornitorrinco

Nosotros, los extranjeros

Bárbara Hoyo

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Los seres humanos compartimos actitudes, manías, necesidades, deseos y convivimos en lugares comunes, pero no somos iguales. Existimos muchos iguales, sí; pero por fortuna somos diferentes al resto, que también son iguales entre ellos y que también se sienten afortunados por serlo, supongo. Yo, desde este lado de la humanidad que me encuentro, me atrevo a capturar algunas diferencias que son las que esencialmente nos colocan de un lado o del otro. Aquí, en donde la oscuridad es bienvenida, no se aceptan atajos, fórmulas y tampoco se pretende evitar el dolor. De hecho, no se pretende nada. Somos cínicos, sobre todo, con nuestra propia historia: nos gusta escarbarla, desenterrarla, contarla, reírnos de ella y llorarla. Llorarla a cántaros, nunca a cuentagotas. No entendemos la indiferencia, no nos llaman la atención los 4 acuerdos, ni los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Y hay una razón: la gente altamente efectiva no tiene tiempo de observarse, y ese es uno de nuestros placeres más grandes: la introspección.

Y cuando hay introspección, hay una aceptación de descomposición, de carencias, de vacíos y de ruptura. Aquí, de este lado, hay más preguntas que respuestas. No hay fe ni resignación. No compramos curitas temporales para heridas permanentes. No hay espacio para la autoayuda, inteligencia emocional ni búsqueda desesperada de sentido de vida. Para nosotros, que muchas veces parecemos almas en pena en nuestros propios laberintos, la vida es trágica: se ve lo negro, lo putrefacto, se huele el azufre. Duele. Y cuando no duele, nos convertimos en comedia, parodia y sátira. Nos burlamos, ironizamos, somos sarcásticos, desvergonzados, osados y descarados, pero con nuestro propio drama. Porque está establecido, casi como mandato, no hacer daño deliberadamente. Por respeto a la tristeza. Porque no somos conductores de dolor, somos receptores. Y por ello prefiero permanecer aquí, por esa conciencia permanente del daño.

Con la latente intensidad que representa, con la incomodidad de la melancolía y la nostalgia. Con el pánico de asumirme parte de una legión de extranjeros. Porque intuyo a mis iguales, me reflejo, me conecto y me involucro. Porque aquí no cabe el deseo de permanecer estable, sano y contento; porque los analgésicos, los placebos y los cuentos con finales felices les pertenecen a esa otra legión: la que observa (a veces indiferente, a veces extrañada) nuestro afán de manifestarnos vivos y muertos. En el mismo mundo, en la misma vida.

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