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Jueves , 16.08.2018 / 08:22 Hoy

El ornitorrinco

Me escribo

Bárbara Hoyo

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Desde niña descubrí que debía explicarme por escrito lo que sentía, primero para entenderlo y segundo para aceptarlo. Aprendí que aceptar quien soy es el único camino que me puede conducir a cambiar aquello que me impide convertirme en la persona que quiero ser. Y es que constantemente siento la necesidad de renovarme y ser una persona distinta, conservando –sin más remedio- ese yo que siempre me acompaña. Nunca he tenido claro mi rumbo y confieso que cuando pienso en el futuro todavía hay mucha neblina. Pero la vida se ha encargado de hacerme saber que sus planes son más grandes que los míos.

Escribo a través de mis experiencias y reflexiones, de esta manera me obligo a vivir historias para no quedarme sin palabras. Esencialmente escribo por dos razones: porque lo que siento es tan grande que merece ser compartido, o tan pequeño que no vale la pena llevarlo adentro. A la fecha, me sigue pareciendo muy emocionante tropezar con un nuevo secreto en cada letra. Me gusta pensar que lo que escribo no me pertenece, que soy yo la que le pertenezco a todas esas posibilidades de decir las cosas. Escribir me hace sentir que puedo gritar en silencio. Y es que cuando uno escribe no existen medias tintas, ni medias voces: es todo o nada. Uno se juega a sí mismo entre texto y texto.

Escribo, también, para que no se me olvide que siento lo que siento, para que, aunque me alcance el futuro, siempre tendré un presente guardado, que se niega a convertirse en pasado. Escribo para dialogar y descubrirme, y para imaginar y transformarme. Escribo porque así discuto conmigo sin interrumpirme. No sé, tal vez el temor que me causa enfrentarme ante la hoja en blanco no es por miedo a la extinción de la creatividad sino a mi propia extinción.

La escritura vale lo mismo si se comparte o si se guarda en el cajón del buró. Lo que cambia, por lo menos en mi experiencia, es que a través de ella se puede lograr una enorme conexión con quien nos lee. Porque sentimos y buscamos lo mismo. La única diferencia es que leer puede ser un atajo y escribir, una larga vereda. Escribir es un camino que elijo porque además de renovarme, me libera. Y encontrar algo que nos libere de nosotros mismos es como ganarse la lotería, solo que no es cuestión de suerte sino de búsqueda. Escribo para habitar espacios vacíos, para vaciarlos hasta que no sean espacios, hasta que sean infinitos.

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