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Domingo , 17.06.2018 / 18:05 Hoy

El ornitorrinco

2016

Bárbara Hoyo

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Redacto esta columna a tres días de haber empezado el año. Es la primera que publico en 2017 y no estoy muy segura de qué va porque todo se siente nuevo, como si le estuviera quitando el plástico de encima al tiempo y, además, estoy en mi oficina, que es pequeña, con dos ventanas cuadradas que no abren por completo y por donde a veces me quisiera aventar, pero no quepo entre ellas y lo único que me queda es concentrarme en escribir este texto.

Miro la pantalla y pienso que alguna idea brotará del monitor mientras se escucha el sonido de la copiadora a lo lejos, de la impresora a lo cerca, de los pasos acelerados de los burócratas que siempre tienen prisa y que se encuentran entre lejos y cerca al mismo tiempo, se tocan y no se tocan, se saben existentes y no, conviven bajo sus propios códigos de vestimenta y de lenguaje.

En este pequeño universo todo es urgente y amarillo. Amarillo madera vieja, amarillo fólder, amarillo post-it, amarillo marca textos. Alguna vez escuché a un amigo decir que no hay cosas urgentes, sino pendejos desesperados. Yo pienso que hay cosas urgentes y pendejos desesperados, además de amarillos. No cabe duda que la oficina es una selva sin modales.

Regreso a la idea anterior: escribo esta columna a tres días de haber convertido el 2016 en parte de mi archivo vivo, que poco a poco morirá junto con este año, cuando finalmente concluya, y el que le sigue y el posterior y todos los anteriores, que ya ni figuran en nuestras vidas y que si son memorables es porque se aferraron a existir en nuestra memoria, bajo el disfraz de recuerdos, no de números.

Los años son la acumulación del tiempo que llevamos vivos y, a la vez, del tiempo que nunca vivimos; es decir, los años son la suma de los días, de las horas, de los minutos y de los segundos, cuya gran mayoría se pierde en el anonimato.

Ayer me preguntaron si había celebrado este nuevo comienzo y contesté, casi por inercia, que para mí todo el tiempo ha sido el mismo año. Como si 1985, año de mi nacimiento, siguiera corriendo y yo fuera la que va cambiando, con sus respectivas pausas y sus respectivos acelerones. Sí, la diferencia entre este año y el anterior no es el tiempo: soy yo.

El 31 de diciembre, día en el que se dan la mano el fin e inicio de un ciclo, decidí no hacer promesas, escribir propósitos ni pedir deseos. ¿Por qué? Porque aprendí, precisamente de 2016, que deshacerme del futuro resulta más difícil que darle un nuevo sentido al pasado, aceptarlo y comprometerme con él.

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