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Viernes , 22.06.2018 / 17:56 Hoy

Casta Diva

Yo, el poder

Avelina Lésper

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La pintura nos enseña que el retrato de un canalla puede ser arte. Goya pinta al populista y déspota Fernando VII posando frente al campo de batalla, no le da valor o dignidad, es un vanidoso con su uniforme al que Napoleón describía como “estúpido y ruin”. El arte está en los caballos sin jinetes, en el rostro del hombre que cuida el caballo del efímero monarca y el telón de fondo en gris óptico. La peligrosa relación entre el arte y el poder es una dependencia torturada, cómplice e indispensable que nos dejó obras maestras en pinturas, palacios, esculturas, música. El tema de las obras es anecdótico, lo que las hizo trascender es su valor como arte, admiramos un retrato de Mariana de Austria porque es de Velázquez, por el fondo siniestro del barroco y las pinceladas abstractas del encaje. Los artistas fueron fundamentales en el mito de la monarquía. La magnificencia del gobernante estaba en las obras que los mostraron como héroes, el poder y la religión son una invención ideológica y estética. El retrato del rey lo saca de su condición humana, esculturas, bustos, relieves, son un altar que glorificaba a un hombre que mandaba sobre vidas vulgares de las que no emanan rayos luminosos. El artista tenía con cada retrato una doble y difícil misión, inventar a un ser magnifico de un enclenque y enfermizo necio, y hacer un gran cuadro, una hermosa escultura, porque si la obra no alcanzaba a ser arte, la consecuencia fatal recaía en la imagen del soberano, es el delicado equilibrio entre la mitificación y la objetividad. Una obra mediocre es un golpe de Estado, es una guillotina. En la noche de Varennes, la absurda huida de Luis XVI y María Antonieta, los pobladores nunca habían visto en vivo al rey, jamás habían entrado a Versalles, lo reconocieron por la efigie de las monedas y dieron la señal de alarma: el rey está abandonando a su reino. Esa era una de las funciones de estas obras, de los grabados que se hacían a partir de las pinturas, y es el mismo fin de las imágenes religiosas, darle visibilidad a un ser que vive fuera de la realidad y de la sociedad. La inclusión del rey en las monedas y más tarde en los billetes, es la cúspide de la representación: el dinero es poder y a su vez el poder del gobernante es decidir cuánto vale su dinero. La representación del rey no es una superficialidad, el mito depende irremediablemente de la obra, la herencia elegía pero el artista erigía. La configuración de la persona en un lienzo lo sacraliza, ya no es humano, es obra, es inmortal. Felipe IV pintado por Gaspar de Crayer, la armadura es un cuerpo dorado, sobrehumano, ornamental. El Felipe V de Jean Rac, el terciopelo azul de la casaca, inconcebible fuera de esa pintura y la mano imitando el gesto de la anunciación: sus órdenes son designios. El gran poder y privilegio que tenía la monarquía era inventar sus virtudes y materializarlas a través del arte, no necesitaban actuar, ni siquiera gobernar, bastaba posar, el artista haría lo demás.

El gran poder que tuvieron Velázquez, Rac, Crayer fue la creación de obras maestras que han sobrevivido al juicio de la Historia, el arte continúa y las monarquías son obsoletas, anacrónicas. El rey muere y el arte permanece. Actualmente la sociedad protesta porque resulte “costoso” que un gobernante comisione su retrato a un pintor talentoso, es un reclamo absurdo, gracias a eso por lo menos nos queda algo valioso del infausto legado de la mayoría de los gobernantes. El retrato de un rey vale más que su reinado.

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