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Domingo , 19.08.2018 / 00:02 Hoy

Casta Diva

Piratería de autor

Avelina Lésper

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El contexto más redituable para el arte VIP (video-instalación-performance) es la bolsa, los zapatos, la ropa. El nombre del museo o de la galería se sustituye por el de la marca: Louis Vuitton, Prada, BMW, que además encumbran el nombre del artista. Lo fashion es vender el arte como un objeto de lujo no como una obra intelectual o poética. Warhol dijo que los objetos vulgares son arte y ahora el mercado del lujo resignifica las obras vulgares en iconos de la neo-pop-culture, los convierte en dinero y moda. Louis Vuitton le canceló a Murakami un contrato que había durado diez años, porque le vendió sus monitos infantiloides y happy faces a Vans. Es una tragedia artística porque si los monos de Murakami estampan unos tenis de 1,600 dólares, se percibe que es un artista costoso, stylish o lo que la retórica VIP crea de él, y si su “obra” está en unos tenis de Vans de 65 dólares, entonces el caché del artista y su “significado” caen estrepitosamente al nivel de los tenis de Winnie the Pooh de la colección Disney. Eso sucede con su obra, expuesta en las galerías más caras de las ferias de arte o en los muros de Versalles es presentada como arte, pero si está en una tienda de todo a cien, entonces es desechable, ontológico o cualquier concepto paranormal que le asigne el curador. La obra de Murakami es igual a Winnie the Pooh, la decepción para sus coleccionistas es que decorando sus accesorios de miles de dólares era un prêt-à-porter de su colección VIP, en cambio ahora su obra y sus accesorios están devaluados porque estampan tenis para gente que jamás compra esculturas de manga. El consuelo que le queda a Murakami es que el verdadero negocio, como todo el estilo VIP lo sabe, no está en ser original, está en copiar y en la piratería. Siguiendo las enseñanzas de Walter Benjamin, la reproducción mecánica del made in China le regresará la gloria y el negocio perdido. El aura que tan fantasmagórica resulta para el estilo VIP, la resuelve con un precio accesible, una red de ventas aplastante y dinero que navega en paraísos fiscales. Los cánones de copiarse a sí mismo y del plagio VIP le permiten asociarse con la industria de la piratería que ya se apropió de los logos y los diseños, y patentar el pirata-original, ya no necesita a esos exigentes peleteros que ignoran que en el estilo VIP no existen los derechos de autor, que el plagio es legalmente fair use si en la etiqueta agrega un texto que hable de que esa bolsa o esos zapatos son un “cometario crítico a la noción de autoría, al monopolio que ejerce el neoliberalismo y las nuevas formas de producción, etcétera”. Con los Murakami pirata-original, el negocio de la falsificación encontraría una coartada legal para su mercado con los argumentos de los abogados de Koons y Richard Prince. Además se haría justica a toda la clientela que compra piratería, por fin no sentirán que son cómplices de algo ilegal. La revolución económica, artística y social al vender y comprar un Murakami pirata-original sería un performance, una obra del estilo VIP.

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