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Lunes , 18.06.2018 / 11:19 Hoy

Casta Diva

Histérica opulencia

Avelina Lésper

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Los chismosos son más fiables que los historiadores, dicen que en el reinado de Luis XIV los adictos al estilo secuestraban a los modistos, los retenían en exclusividad para deslumbrar con un traje que nadie más pudiera tener, la envidiosa violencia de esa obsesión provocó espionaje, crímenes y la creación de una industria. En los fashionistas las marcas son más que un nombre, son un tipo de sangre mutante en cada temporada, detrás de ese efímero escudo de armas pueden asesinar al anonimato y trascender por unos instantes. En el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, exponen Sorolla y la Moda, con pinturas, fotografías y las prendas que usaron las modelos en los retratos del pintor. Los zapatos, vestidos, joyas, muebles, la ficción de una escenografía, el teatro de la inmortalidad en la frivolidad de la apariencia. Es el arte inventando a las personas en el ideal que deberá ser recordado. La belleza de esa mentira se delata al comparar el vestuario con el retrato, la diferencia es que la ficción es más potente que la realidad, que la naturalidad asesina al mito. Sorolla sabía que nos cansamos de las personas y que si nos heredan un retrato que disfrutemos contemplar durante años, en el que no veamos a “alguien”, entonces el desprecio o el fastidio que sentíamos se trasformará en elogios. El retrato del rey Alfonso XIII es magnífico, delgado como el sable, posa con el uniforme de gala de Húsares, la coraza de un héroe para el débil cuerpo del pornógrafo, es una estatua de brocado y seda. La fotografía de la sesión de trabajo en el jardín, con Sorolla pintando al rey bajo la sombra de un árbol, es un testimonio de la dictadura de la forma sobre la vida; después de que la Historia habla y la sociedad olvida el dueño del destino de esa persona es el pintor, él decide cómo será recordado, qué momento de su existencia debe continuar para la eternidad. El voyerismo de Sorolla es fetichismo del estilo, los zapatos, las cinturas fajadas esperando ser liberadas, dibuja las piernas ocultas por las faldas, prolonga los escotes, conquista la humedad de la piel, el palpitar del cuello, posee a sus modelos, las tiene para él en una observación que cotidiana sería obscena. Los maridos no ven a sus esposas, Sorolla las desviste, sabe qué llevan debajo del vestido, cómo es el corset, a qué huelen sus medias, de qué tamaño tienen los pies, cómo se sientan y apoyan el brazo, se polvean el pecho, el pintor reinventa a una mujer para que su marido la vuelva a desear, y si no es así, será otro, la pintura está ahí para despertar una pasión. Vestidos de negro intenso o blancos enceguecedores, cinturas mínimas, encajes y gasas, aunque vivamos y suframos como miserables, perduremos como diosas, eso es un retrato. Sorolla conocía las leyes implacables del estilo, observaba las telas y los reflejos de la luz, estudiaba las texturas, detallaba las joyas, llevaba los materiales al límite de la fantasía, y se detenía un instante antes para que lo imposible fuera verosímil.

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