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Viernes , 14.12.2018 / 02:23 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Un artículo cómplice

Augusto Chacón

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Una novela criminal. Podemos convenir en lo que una novela es; todos identificamos una cuando la leemos, e incluso antes, al verla en un librero. Una novela puede ser divertida, profunda, histórica, mala, mero pasatiempo o una obra perdurable inscrita en la identidad de una cultura o de La Cultura. La cosa se torna problemática cuando a la novela adjuntamos el adjetivo criminal, ¿una pieza literaria es capaz de cometer un crimen? Para algo sirven los diccionarios, la Real Academia dirime, criminal: adjetivo, perteneciente o relativo al crimen, que implica o conlleva crimen; no cuesta trabajo concordar en que una novela puede pertenecer al crimen o conllevar uno. Pero la definición sigue: dicho de una ley, de un instituto o de una acción... pero esto no interesa, en esta ocasión el vocablo criminal no está aplicado a una ley, un instituto, etc. En cambio, la acepción cuatro, que ha cometido o procurado cometer un crimen, nos regresa a la desazón originaria: ¿una novela pudo cometer un crimen, o intentarlo al menos?

Nos referimos al trabajo de Jorge Volpi que recibió el Premio Alfaguara de Novela 2018: Una novela criminal, y cuya primera edición está fechada en marzo anterior; conviene decir que el premio fue sólo una llamada de atención para saber que Volpi tenía un título nuevo en las librerías, premiado o no, el trabajo de este escritor mexicano es disfrutable y más: es un narrador que merece atención más allá del placer que da la lectura; con Avelino Sordo Vilchis hemos debatido esto desde que Volpi publicó En busca de Klingsor, 1999, además no desconocemos la opinión, siempre para ser tomada en cuenta, del literato Marco Aurelio Larios, quien tiene una disección interesante de lo que al menos una vez llamó: “escritores Alfaguara”. El caso es que Jorge Volpi, en eso todos podemos coincidir, es un creador que no se queda en el rincón del éxito calado; ensaya, toma rumbos, atmósferas distintas y, como las generaciones literarias que lo precedieron, la del Boom, la de la Onda: sin renunciar a la vertiente estética, tampoco se ajena de su contexto social y político. Una novela criminal es una afirmación rotunda: si la coyuntura de violencia, de corrupción, con el estado de derecho esfumándose a balazos por la coladera de la impunidad, parece haber llegado al punto en el que está por convertirse en origen y destino del debate público, eje inescapable alrededor del cual con aparente mansedumbre nos articulamos como sociedad, la literatura puede todavía posar la mirada en el fenómeno y mostrárnoslo como siempre y asimismo como nunca: espejo y reflejo, libro de historia, conversación de sobremesa y oráculo casi inapelable; para reconocerlo, dar nombre y, quizá, transformarlo.

Volpi tomó el caso de Florence Cassez, muy conocido y juzgado, cada uno de sus protagonistas pasó por la corte que preside la magistrada Fuenteovejuna, y era, creíamos, expediente cerrado; en su momento no importó que despidiera el tufo de las resoluciones policíacas y judiciales tan conocidas: nadie queda cierto de algo, ni de la justicia, pero tampoco de la perversión institucional que no pierde vigencia. En suma, la opinión pública dictó su sentencia clásica: como puede que sí, puede que no, mejor ya no le movamos. No obstante, Volpi consigue meternos en la trama, pero no sólo desde el interés que despierta el juego de los personajes (todos reales y con sus nombres) en sus particulares circunstancias compartidas, sino con el truco que nomás a la literatura le sale bien desde hace milenios: el autor guía y nos refunde en las cloacas del México de los poderosos, de los cínicos, de los arribistas, de los delincuentes, ese país que explica a este, al nuestro cotidiano. Quien relata, revela, pero no asido a certezas, sino al asombro y a la indignación que cultivó al documentarse, junto con él descubrimos y nos aterramos. Sí, esta novela comete un crimen: hacernos sospechar que tal vez vayamos demasiado tarde, la putrefacción reina.

agustino20@gmail.com

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