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Lunes , 15.10.2018 / 19:02 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Quién pondrá el límite

Augusto Chacón

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Ponerse en el lugar del otro, calzar sus zapatos y experimentar eso que lo hace otro; el acto de suponernos, así sea por un rato, alguien que no somos cada vez demanda más esfuerzo y reclama tiempo del que siempre estamos escasos; la prisa inherente al trabajo, a estudiar; prisa en la irrenunciable necesidad por ir de aquí para allá y de regreso; prisa por encender la televisión y por cambiar de canal; prisa por mirar en el teléfono si tenemos mensajes (es desquiciante no recibir alguno, así sea durante unos minutos); prisa por tener más o por tener lo mismo pero nuevo, constantemente; prisa porque los que nos rodean, conocidos o no, sepan que somos únicos y que lo nuestro tiene prioridad justamente por eso, porque es lo nuestro, no hay tiempo para perder inmiscuyéndonos en lo de ellos.

Qué alivio representan para los atribulados por la celeridad y por el ansia de tener éxito en la vida, los modos estadísticos de identificar a los demás: tanto por ciento asaltado en la calle, en cualquiera, de la ciudad que sea; tantas decenas de millones en la pobreza; cinco o diez o trece de cada cien sin empleo; jóvenes, centenas de miles, que por todo el país no cupieron en las preparatorias; miles de desaparecidos; los incógnitos indígenas, pobres entre los más pobres, y las indígenas mujeres más pobres aún; pero podemos suspirar relevados de todo cargo: nosotros no somos ninguno de ellos, porque nosotros, para bendición de la especie, somos nosotros, parece un sinsentido, no lo es: esa tautología manifiesta el fin que nos impulsa: cada cual contiene sus propio origen, con destino incluido, el viaje es directo al ombligo.

Lo bueno, luego de los párrafos previos, amago de réquiem, es que la realidad desmiente, de cuando en cuando, los énfasis del individualismo que adornan a buena parte de la civilización del siglo XXI, de lo que ha transcurrido de éste. La realidad habitada por multitudes de personas generosas que se preocupan por otras personas y asimismo hacen por ellas. Sin embargo, hoy, al menos a lo largo de este texto, la bondad y la solidaridad que no es raro nos salgan al paso, no alcanzan para redimirnos, no como sociedad. Desnudémonos de nosotros y pongamos al margen, junto al bulto que hace nuestro yo recién deshabitado, la historia que nos justifica, los problemas que nos aquejan y los gozos que nos iluminan… “Y vuelto ya al anónimo / eterno del desnudo, / de la piedra, del mundo,” cantó el poeta Pedro Salinas, intentemos sentir lo que la familia del joven de preparatoria asesinado en Guadalajara: la estupefacción de un día que lucía como uno más y se torna el último de una porción de sus vidas; el dolor, inefable, que no dejará de manar, que asomará por sus ojos y ocupará sus silencios y será ineluctablemente ellos. Ya próximos a lo que deben estar sintiendo, nunca lo sabremos por completo, un mecanismo de autodefensa nos lleva a salir de sus zapatos pero no impide que sospechemos que quienes vivían con él no cesan de preguntar por qué, por qué… y ya puestos de retorno en nosotros mismos nos cuestionamos: en qué estábamos tan afanados que no nos dimos cuenta que íbamos al vacío en el que cualquiera puede ser asesinado, por ejemplo un joven que era nuestra responsabilidad, aunque todos lo son. La condición para ser, parecemos afirmar, es volvernos ajenos a los demás.

Junto al dolor de esa familia, junto al dolor del resto, de los miles por miles que sufren en el costado las aristas agudas de la inseguridad, del hambre y de la exclusión, los batallares a los que otorgamos tanta importancia hacen sonrojar: el Sistema Anticorrupción, medir la pobreza, arañar a nuestro favor unos centavos de los millones que son exacción de los partidos políticos, la ratificación de mandato de ciertos alcaldes, el inicio del proceso electoral o el informe número cinco del Presidente (frivolidad insultante). Recomenzar, interrumpir la prisa, vestir las ropas del otro y que lo suyo nos ataña… quizás estamos a tiempo.

agustino20@gmail.com

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