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Lunes , 25.06.2018 / 14:26 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Puras creencias

Augusto Chacón

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Creemos que lo peor todavía no sucede, que aún quedan asuntos por empeorar, instituciones por arrasar, nociones comunes por olvidar, como la ayuda mutua y la compasión; creemos que la sensación de estar ante lo irremediable es el desfalleciente signo vital de México.

Creemos que muchas cosas están mejor que antes; con ajustes, cambiando de gobernantes, tallando la mugre (corrupción, impunidad) y siendo más vigilantes de los negocios públicos, la prosperidad y la justicia serán uniformes.

Creemos que los que están mal son los otros, por una multitud de razones, tantas como diversidad hay entre los seres humanos (del color de la piel a la estatura, de la religión a la etnia, del lugar de residencia a la escuela donde se estudia); creemos que no hay de qué preocuparse, lo central es que estemos bien y el resto, lo que nos rodea, los demás, es lo de menos.

Creemos que el futuro, por lo pronto el electoral, está en manos de los jóvenes entre 18 años y 39; creemos que es obligatorio estar listo para liar los bártulos en cualquier momento y que otros resuelvan los problemas; es de lo más a gusto transferir la responsabilidad y dar chance al azar. Al final, si nadie se hace cargo de nuestro arreo o de resolver la elección o de lo que sea, creemos que nos queda el recurso de esperar y esperar, es inagotable.

Creemos que la semilla del retorcido árbol que es hoy la vida nacional consiste en la pérdida de valores, no de algunos específicos que podamos nombrar, valores de los que cualquiera entiende a cuáles nos referimos, y si no, es justamente porque los perdimos; asiduamente argumentamos que el tiempo pasado fue mejor, y ni falta hace componer el actual, Internet y Spotify ofrecen viajes casi gratis al pasado que nos interese, con la ventaja de que, una vez ahí, basta mirar y escuchar, para creer que eso que nos estimula desde la pantalla, por los auriculares, está lleno de valores, inamovibles.

Creemos que lo único que la patria necesita es ponernos a nosotros al mando; nuestra narración de la sociedad ideal invariablemente inicia con: si yo fuera presidente (o alcalde o diputada o embajadora o de perdida rico)… qué necesidad de preocuparnos por la realidad vulgar; en la ensoñación, o sea, en nuestro fuero interno, creemos que existe un remedio para todo: nosotros mismos, y si por la fatalidad que aqueja al país no detentamos el poder, es cosa nomás de imaginar, a diario, lo que haríamos y contarlo en donde nos dejan, con lo que solemos creer que ya hicimos bastante.

Creemos que la esperanza no se ha marchitado, que el sistema político-económico es redimible, que conviene apostar a la democracia que hemos pergeñado y a las instituciones que de todos modos ahí están; creemos que, si en las elecciones gana uno o el otro o la otra, todo será diferente. Creemos asimismo que lo único que la fórmula exige para mudar entero el estatus quo, es la participación de los ciudadanos, unos que no somos nosotros.

Creemos que más valía que nos hubieran conquistado los ingleses en vez de los españoles. Creemos que la culpa es de los tlaxcaltecas. Creemos que Iturbide merecía una segunda oportunidad. Creemos que hemos sido injustos con Porfirio Díaz. Creemos que la respuesta está en la cosmovisión de los indígenas. Creemos que lo único que necesitamos es una buena educación. Creemos que lo imprescindible es la competitividad económica. Creemos que lo único que nos estorba es el pueblo, el asalariado y el pobre. Creemos que el mal se llama gobierno. Creemos en las mujeres y en la multiplicación de los géneros.

Quizás estemos urgidos, como en la física, de una creencia abrazable por todas, por todos, que las unifique todas: creer en que ya estuvo suave de rondar y escudarse en los credos que brotan como esporas; confiar en el saber compartido, en el hacer que se propone objetivos sociales, en el estado de derecho que es acción, no enunciación.

agustino20@gmail.com

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