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Sábado , 23.06.2018 / 06:10 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Naturaleza de las cosas

Augusto Chacón

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Las familias de antaño, las que podían darse el lujo de pensar en el futuro y moldearlo a su antojo, tenían una fórmula para garantizar la supervivencia de su estirpe. Primero, tener muchos hijos y después, que de los descendientes varones lograran formar un cura, un abogado y un militar. Al menos. Si pensamos en México como la gran familia que históricamente hemos anhelado preservar, los roles quedarían así: la patria, el espacio físico; la matria, el alma, la nacionalidad y la pertenencia, y los hijos: las sucesivas generaciones de mexicanos y mexicanas. Según este esquema, toca evaluar qué tal nos salieron el abogado, el cura y el militar, y si algún prestigio dan a la atribulada prole nacional. Pensemos en algunos ejemplares, en tres de los más conspicuos.

El cura puede ser el recién ungido Cardenal, Alberto Suárez Inda. Con qué gozo y con cuántas lágrimas en los ojos celebraron su nombramiento las tías aspaventosas que todavía recuerdan el día que decidieron, aún era un infante, que él bautizaría, daría la primera comunión y casaría a toda la parentela. Hoy es un príncipe de la Iglesia. ¡Qué orgullo, m´hijito! El Universal, hace unos días, dio a conocer la opinión del sacerdote sobre el ambiente en el que debe hacer su principesca tarea pastoral: “desintegración de las familias, en gran parte por la emigración, pero también por el hípererotismo de nuestra sociedad, (…) descrédito de muchas autoridades, de todos los niveles, y en la falta de coherencia de los hombres de la Iglesia.” ¡Niño, no digas esas cosas!, se oyó desde la sacristía.

El militar es, para qué arriesgarnos eligiendo a otro, el General secretario Salvador Cienfuegos Zepeda. Su adusto progenitor suspira cada que mira el fuete recio que sobre la chimenea exhibe su talante moral inconmovible: el General secretario no sería hoy sino un descarriado más de esta generación hípererotizada, si nos atenemos a la caracterización que hizo el hermano Cardenal, si no se hubiera plegado a la guía tenaz del instrumento que supo dar en las partes precisas para educar sin interpelaciones. [Nota: lo anterior es ficción, como las tías del Cardenal, le viene bien a la historia, no tengo idea de cómo fue la niñez de ningún soldado]. Un discurso del Secretario de la Defensa Nacional, el jueves anterior, exhibió eso, que el Ejército, por desgaste y malas artes de algunos de sus miembros, pasó a la defensa: “Mantenemos el compromiso irrenunciable de actuar con transparencia, respetamos las determinaciones legislativas judiciales y promovemos el respeto a los derechos humanos”. Ah, suspiraría el imaginado papá mientras un calosfrío le recuerda que la tumba lo espera: en otros tiempos, lo que su vástago afirmó no se decía, nomás se desenfundaba la .45 reglamentaria.

Y el abogado, quién más, Miguel Ángel Osorio Chong, titular de Gobernación. Un gesto socarrón ilumina la cara del profesor que lo impulsó a estudiar derecho [véase la nota previa], en la primaria, cuando vio cómo Osorito, así le decía él, ganaba siempre las canicas, pero no en el juego, requisaba las de sus amigos con el pretexto del interés más alto de la Nación (que sólo él conocía) a la voz de: ha llegado la hora de hacer los sacrificios que la patria demanda… no había compañerito que resistiera cinco minutos de arenga y terminaban por entregar el botín, es decir, las canicas. Ahora Osorito da conferencias en Washington, y como buen abogado conoce lo que los demás deben hacer; La Jornada trajo sus palabras en la Cumbre sobre Extremismo Violento: “el uso indebido de las tecnologías también facilita el reclutamiento de personas y la captación de fondos para organizaciones terroristas”. Es decir, ayúdame que yo los ayudaré: lo que necesitamos para estar en paz es que la tecnología que sirve a las redes sociales se use debidamente, a nuestro arbitrio, como en los tiempos en que el jefe de familia o el autócrata decidían por los demás. Parece que en esta ocasión nadie le entregó las canicas.

agustino20@gmail.com

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