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Lunes , 24.09.2018 / 01:38 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Mirarlos o mirarse uno desde ellos

Augusto Chacón

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Lo común en una campaña electoral es poner por delante a las y a los candidatos y que hagamos énfasis en sus debilidades o en sus méritos, los que sin necesidad de justificación les adjudicamos; es lo común, y también la mercadotecnia se centra en exaltar las superficialidades de sus clientes políticos con el solo fin de hacerles ganar votos: vota por él, o por ella, por lo que es, por lo que representa, por su imagen, su trayectoria, su sonrisa, su fama y en casos cada vez más raros: por el partido que lo postula. Esto no es desconocido, es una descripción, mínima, de un hecho que cada tres años constatamos y que, ya lo dijimos, es común, o sea: normal.

Cómo miraríamos el fenómeno electoral si invirtiéramos la fórmula: vota por tal no por lo que él es, sino porque eres tú, por lo que esperas y necesitas, por la imagen que de ti mismo tienes, por tu trayectoria personal y por lo que, puesto en una colectividad, vas siendo, voluntariamente o no. Podríamos concluir que lo anterior es una manera de expresar una exigencia generalizada: que quienes desean un puesto de elección popular, y quienes ya lo usufructúan, escuchen a los ciudadanos y admitan la participación casi irrestricta de estos en los negocios públicos; sí, quizá se parece a esto, pero también es un poco más. Los políticos se empeñan en que sus ocurrencias, sus diagnósticos respecto al estado de cosas y el sentido del cambio que ofrecen, sean aceptados como aquello que irremediablemente debe hacerse y a lo que debemos comprometer el erario y los afanes del aparato de gobierno; sólo que con regularidad la secuela de ceñirnos a esta secuencia ha sido que bien poco cambian las cosas; al cabo, las ideas, el dinero y el cambo ofrecido apenas dejan una huella tenue, si no es que dañina, mientras el progreso y el bienestar de la gente permanecen inversamente proporcionales a los montos ejercidos y a la grandilocuencia discursiva.

Sí, la percepción es que el vínculo entre lo electoral y la vida cotidiana de las personas es sutil, lo que a través de las elecciones los sucesivos regímenes ofrecen al juego democrático y republicano es efímero, dura lo suficiente para que los votantes crucen la boleta e inmediatamente después, los contendientes, su imagen y trayectoria, la sonrisa y sus “ideas”, pierden lustre y los protagonistas del espectáculo mudan de rol: la cantidad más grande pasa a la reserva (muchos asidos a la nómina de alguna instancia pública) y los menos, los triunfadores, comienzan el viaje hacia su yo profundo, en donde darán con la infalibilidad auto conferida que los cubrirá durante su gestión, con la omnisciencia súbita (lo sabrán todo respecto a todo) y con un refugio seguro contra las tormentas de cualquier índole: metidos en ellos mismos no existen argumentos, señalamientos o auditorías que les hagan mella y lo que antes los ciudadanos vieron en ellos se torna irrelevante.

A estas alturas del proceso electoral es inútil pedir que los candidatos inviertan la lógica, que se salgan del centro y se constriñan a comprometerse con lo básico que les imponen las leyes, que al final es lo que urge a los ciudadanos: seguridad y buenos servicios públicos, infraestructura para propiciar que los agentes económicos hagan mejor lo suyo, tutelar que los tabuladores salariales comiencen a partir de la cantidad con la que es posible vivir dignamente y que todo lo anterior, y lo demás, lo hagan con honradez a prueba de tentaciones.

Sin embargo, y mientras los ciudadanos y las ciudadanas llegan a ser el centro de los afanes de los gobernantes, tal vez aún es tiempo de preguntarse: a qué consagrará su mayor esfuerzo inicial ese, esa por quien voy a votar, al reparto de posiciones entre sus aliados y a la organización interna de las dependencias que administrará, según su imagen y semejanza, o a lo que para mí y para mi comunidad es impostergable. Ojalá no se vayan a quedar desiertas las casillas.

agustino20@gmail.com

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