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Martes , 13.11.2018 / 01:37 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Mientras no dejen de volver las lluvias

Augusto Chacón

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Una tarde lluviosa, todas las tardes lluviosas que tienen un lugar en la memoria de cada uno. Digamos una de 1975 en una de las tantas Guadalajaras que ya no son; tormenta de ésas que caben en el prólogo de cualquier apocalipsis y que veinte minutos después dejan de estar en las nubes para correr, ríos súbitos, por las calles. El camión urbano sube del Centro por Av. México; el chofer, feliz, disfruta dando la parada a media calle, nomás para mirar a los que suben, y por el espejo a los que bajan, afanarse con el agua arriba del tobillo. Ríe sin empacho y algunos pasajeros no disimulan el gozo por la “broma”. Había que calcular qué era mejor, esperar en el camión hasta llegar a un punto con menos agua y desandar el trayecto o bajar en la esquina correspondiente y ensopar los zapatos, los calcetines y el pantalón, sabiendo además que los que se quedaban arriba reirían.

Tardes de esperar que aquellos truenos y los nubarrones negros trajeran la lluvia ansiada para cumplir la aventura de salir en la bici y olvidarse de precauciones con la ropa, con la salud, con la misma vírula, y hacer como si las instrucciones maternas aplicaran para unos que no éramos nosotros y atravesar caudalosos y polvosos arroyos que poco antes fueron calles y a todo pedal empuñar la libertad, una que entonces tenía la forma de manubrio. La vida, pero esto lo sabemos luego, tarde, no da tantas oportunidades para el disfrute de la libertad plena como las que regalaba en esas tardes en que la bicicleta era lancha salvavidas, deslizador y potencial submarino; cualquiera sabíamos la historia de uno al que se lo había tragado una alcantarilla invisibilizada por los rápidos que forman las crecientes citadinas. Al cabo, todo volvía al orden doméstico y rutinario ante el conjuro, más bien militar, perentorio: se quitan inmediatamente la ropa mojada y se meten a bañar con agua caliente, se van a enfermar.

Otras tardes la lluvia fue inoportuna, indeseada. Con el balón puesto contra el costado, apretado por el brazo colgante, mirar a través del cristal las gotas caer, una, dos, tres eternidades… san Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol. Así, cómo jugar al futbol, qué desesperación; y más al intuir a los demás también ante la ventana de la casa de enfrente y en las las de los lados, empeñados en desbastar sus propias eternidades, limarlas hasta volverlas minutos tolerables. Tardes de pelotas de cuero, recias para aguantar las patadas, el rebote tenaz contra paredes y el canto de las banquetas, pero frágiles ante el agua (hay que ponerle manteca en las costuras, para que dure, sugerían los más expertos). Lluvia que a esos balones los convertía en bolas de cañón; evocarlos mientras cruzaban el aire y despedían agua es revivir el dolor-ardor de ponerles la cabeza o el muslo o la espalda.

Tardes de lluvia que lo renuevan todo. Los árboles son otros, las paredes de las casas, el cielo y los colores de los objetos que la lluvia moja lucen cada vez como recién estrenados. Bautismo que uniforma y que puede hacernos recordar, si nos dejamos, que lo que padecemos es mero espejismo: nada de lo que nos abruma es real, sólo las tardes de lluvia son memorables, no por ellas mismas, sino porque nos disponen a rememorar lo que, por fútiles, por soberbios, por confusión, hacemos a un lado, lo que en verdad queremos, paz, libertad, el gozo en comunión con lo simple; por ejemplo, las fragorosas tormentas que nos abisman hacia nosotros mismos.

Si antes de inmiscuirnos en la política y en las periódicas crisis económicas; si antes de atender a los que buscan hacernos creer que merecen gobernarnos porque de su boca no deja de manar seca grandilocuencia de oropel; si antes de lo que ataña a la comunidad nos diéramos tiempo para invocar las tardes de lluvia, no perderíamos de vista, tanto, a quienes desde siempre han esperado la justicia, la posibilidad de la libertad y sus propias inolvidables tardes de lluvia.

agustino20@gmail.com

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