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Domingo , 22.07.2018 / 10:01 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Marca de la ciudad

Augusto Chacón

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En el municipio de Zapopan, hacia el sur, en uno de los asentamientos que brotaron hace décadas y hoy son colonias con validez en la credencial del INE y gozan, pero el verbo es excesivo, de servicios públicos, sucedió la aventura de tres hijos de familia campeones del toncho y usuarios de todo aquello que altere su evanescente conciencia. El averiado comportamiento de estos muchachos no impide que la madre que los parió los quiera y procure su cercanía, tanto que no le podían las riñas con el padre, su marido, cuando se sulfuraba porque para entrar a su casa debía pasar por encima de los jóvenes que la protectora matrona puso a vivir en la banqueta; porque su amor es harto, pero no tanto como para tolerar que le ensucien la casa, no los dejaba usar ni el baño. Esto comenzó hace tres meses, quizá un poco más.

El arreglo se manifestó muy conveniente: la casa limpia, los hijos cerca, y con vida social, y el corazón de la matrona sosegado; sin embargo, la perspicaz mamá reparó en que su cariño no evitaba que la intemperie fuera incisiva con sus críos, la aleatoria lluvia los mojaba y tuvo que idear un remedio, propuso a un vecino de oficio chatarrero que estacionara frente a su casa un camión de redilas, inservible, a cambio de cien pesos mensuales; la calculadora progenitora actuaba fija en la certeza en que la vía frente a su casa le pertenece y por supuesto desestimaba con violencia que sus vecinos le regatearan un derecho que para ella era prístino. El resto fue amueblar: debajo de la troca cupo un colchón y quedó sitio para un sofá que ponían y quitaban de la calle. Pronto los jóvenes y sus amigos descubrieron que el hábitat era propicio para dar fiestas y aparearse, y para orinar y defecar.

Los espectáculos y el hedor eran insoportables, los niños dejaron de jugar en esa calle, o mejor dicho: dejaron de jugar, con el peligro latente frente a sus casas y sin parques cerca, la tele era la única opción, con todo y que antes tampoco era una comunidad perfecta, desde hace un tiempo funciona la narcotiendita de la esquina, a la que las patrullas visitan de cuando en cuando, quizá para preguntar qué se ha ofrecido. Pero para el caso de los tres hijos banqueteros los vecinos llamaron a la policía, cinco veces, y las cinco acudió y se dio la vuelta, también fue un empleado municipal que a la distancia tomó fotos, y por último marcaron al ayuntamiento, les respondió una grabadora a la que contaron sus cuitas, qué más.

La desesperación y el miedo se instalaron (dicen que calles más arriba es peor). El esfuerzo de años por tener una casa, la lucha cotidiana por huir de las circunstancias perversas, por mandar a los hijos a la escuela y por apuntalar la dignidad pesaban como una lápida sobre los y las vecinas, no hay escapatoria, no cuentan el trabajo ni la honestidad: la decisión de una prepotente y la ausencia de autoridad son las reglas del juego en esta metrópoli en la que sobrevive el más cínico, el que se adapta a lo ínfimo, quien vive puertas adentro y deja hacer y deja pasar; a la pestilencia y a andar por la colonia con la cabeza gacha se acostumbra cualquiera, creo que a esto le llaman resiliencia.

Hasta que un día, esta semana, a la hora de la comida, un fulano pistola en la mano sacó del sopor a los hijos y a sus amigotes, los obligó a llevar el colchón y el diván a una zanja para quemarlos; después los invitó, muy bien encañonados, a irse a otro lado y un camión arrastró al de redilas que usaban de cobijo. ¿Podemos rematar la historia con la clásica: y vivieron en paz para siempre? No, quedó el horror de rutina; el correctivo lo impuso la narcotiendita, esto aseguran los rumores del barrio, pues los tres en situación de banqueta y de bajocamión afeaban el prestigio del establecimiento, por “placosos”. En la inseguridad pública todo pende de los intereses personales, no de la ley, no de los gobiernos, no de la policía y nunca de la voluntad pacífica de la gente común.

agustino20@gmail.com

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