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Sábado , 26.05.2018 / 07:24 Hoy

Columna de Augusto Chacón

La Revolución, pariente lejana

Augusto Chacón

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Mañana conmemoraremos, como sin querer, el inicio de la Revolución, pero en el que cupieron ingredientes heterogéneos y del que durante ocho décadas el sistema de dominación extrajo un concentrado del que suministraba raciones que debíamos tragar desde temprana edad: monumentos, historia a modo, calles, desfiles, actos cívicos y discursos; se trataba de apuntalar la idea de que la nación terminó de perfilarse luego de que triunfaron el sufragio efectivo, la no reelección, las garantías individuales y las leyes sobre el trabajo, la educación y la propiedad de la tierra, aunque en la práctica teníamos, tenemos que reducir a dos sus efectos: el recambio de élites, las porfirianas por las que produjo la guerra civil, y la graciosa concesión que aquéllas han hecho de algunos beneficios de los que a muerte persiguieron los revolucionarios: educación obligatoria y gratuita, jornadas laborales de ocho horas, acceso a servicios de salud, libertades (con asegunes) y dotación de parcelas para ejidatarios (la aparición de la democracia electoral fue muy tardía). Pero estas concesiones no fueron profundas, a cien años de que Madero tomara las armas, México es uno de los países con desigualdad más acentuada, entre los miembros de la OCDE, el acceso a la justicia rápida y expedita es directamente proporcional al poder adquisitivo y la impunidad es la regla, aquello que dicta la Constitución es mera referencia marginal.

Este contrastar los anhelos de quienes dieron forma al movimiento revolucionario de 1910 con el país que cada generación fue atestiguando, con el que vivimos en 2016, desdibujó la épica de la Revolución, y junto con el inicio del resquebrajamiento de uno de los subproductos de aquel movimiento, el PRI, a finales de los años 60 del siglo pasado, el país entró en la fase de arrancar de su piel los símbolos que, empleados a conveniencia de la élite y del sistema, dejaron de significar la revolución incesante, omnipresente y bienhechora a priori. Pero al extirpar del espíritu nacional el mal que el PRI encarnó, regateamos a la Revolución su carácter de hecho fundacional dador de identidad, dejamos de mirar su origen y su contexto porque asumimos que sus secuelas dañinas eran su único corolario. La saludable y cíclica revisión de la historia se volvió vaciamiento: quitamos lo paradigmático a la gesta, minimizamos lo heroico de sus protagonistas y como desecho enviamos el paquete al limbo de los actos reflejos oficiales; el símbolo más acabado de esto es que desde hace seis años el entorno del día de la Revolución resultó apropiado para festinar el consumo, o sea: la transferencia de dinero de las clases populares a las élites para simular bienestar, el Buen Fin, las ofertas comerciales como culmen del calendario cívico.

La Revolución es más que lo que el sistema pregonó, más que el uso que le dio; de ella manaron literatura, teatro, música, artes plásticas, arte popular y así, convicción sobre lo mexicano. Conviene revalorar sus frutos, y también al hecho mismo y a sus protagonistas, porque el tumbo que para México implica la victoria de Donald Trump no es únicamente que el tablero sobre el que jugábamos a la economía y al comercio globales cambió su disposición, sino que para volver a participar luce imprescindible esgrimir certezas nacionales (no nacionalistas): si queremos que nos toque tirar los dados en el concierto del comercio mundial y de las relaciones multilaterales, debemos caber todas y todos, a partir de reconocernos en el presente y a lo largo de nuestra historia; la imagen que de nosotros inventó la tecnocracia hace treinta años, y que intentó reforzar con las "reformas estructurales" hace dos, es limitada y limitante, tanto que cualquier ignorante con poder puede excluirnos mientras quienes nos representan agachan la cabeza y balbucean, porque no saben quiénes somos más allá de las estadísticas, más allá de su nivel intelectual que prefiere "ler" antes que leer.

agustino20@gmail.com

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