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Lunes , 17.12.2018 / 01:41 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Instrucciones para armar una república

Augusto Chacón

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Con cierta idea de juarismo, no, idea no; con cierta tradición juarista, no, tradición tampoco; con cierto remedo de juarismo, sí, mejor, con cierto remedo de juarismo montado como faro político de lo que se pregona como la cuarta transformación, se ha colado por entre las grietas de la patria un humor dañoso, confusión de sensaciones: de cuál lado estamos, preguntan los que parecen estar fuera del plan de a quien hoy por la noche ceñirán tres símbolos: la banda presidencial que entrega el Congreso, la aclamación popular en el Zócalo (que ha nimbado a muy pocos políticos) y el bastón de mando que ahí mismo le pasaron grupos de indígenas. Si este día, 1° de diciembre de 2018, es el de la tercera consumación de la independencia (la segunda se completó el 16 de julio de 1867, con Benito Juárez de regreso en la Ciudad de México, luego de liquidar al Segundo Imperio) qué papel desempeñan todas y todos esos que, repito, parecen no caber, ¿el de los imperialistas, del tipo Almonte y Gutiérrez Estrada? ¿El de los invasores que portan una extranjería ganada a dieta de disentir?

El paralelismo, por supuesto, no es exacto. Los cabezas visibles de la anunciada cuarta transformación no se equiparan a las de la Reforma; Juárez destaca, entre otras cosas, por haber sabido que la República no era él, con todo y que la paseó a cuestas, de México a Querétaro a San Luis Potosí, hasta el Paso del Norte en Chihuahua y de regreso; aquella República era sobre todo quienes por doquier luchaban por extirpar al emperador forzoso, en guerrillas, en el ejército o publicando sátiras (que los que sabían leer leían a los que no) y caricaturas; entendían que el archivo que Don Benito traía en las alforjas era un símbolo, que la República era más: el territorio, de parte en parte, la dignidad, la historia, pero también él y los mexicanos y su grupo e incluso los conservadores. Esto no es así por esto días, como no ha sido durante largos periodos: a la República la constituyen la mayoría sorda y unívoca en el Congreso, el Ejecutivo con sus manías y una legión estridente de acomedidos interesados que, cuando el cetro del presidente se alza y señala, grava a sus adversarios con clichés de clase social. Uno de los bastiones intelectuales, y éticos, de la cuarta transformación, Paco Ignacio Taibo II, reveló que no nació del cambio democrático de gobierno merced al sufragio efectivo conquistado en la ya centenaria tercera transformación, sino de constatar quién se cogía a quién y, según descripción del mismo Taibo II, su bando ganó, por tanto, puede excluir y renombrar a sus oponentes, no sólo porque se los cogieron, sino porque los forzaron al grado que les cupo doble. Es fácil suponer que en el plural que usó, “se las metimos doblada”, cabe cualquiera que no comulgue con los postulados de quien desde hoy es uno más de los presidentes procreados en esta nación, no similar, genérico.

Cada cual puede usar la metáfora que su creatividad dicte, y que la que Taibo II sacó a pasear, resultara soez para algunos, es lo de menos, importa lo que denota: en la cuarta transformación, como desde hace 500 años, hay dominadores y dominados; la noción transformar, “transmutar algo en otra cosa”, permanece en el rango de ardid electoral, pues de dominadores y dominados están hechas la desigualdad, la injusticia y la corrupción de siempre. Ni modo, el sistema político mexicano, por sobre el estilo personal de gobernar, tiene una marcada querencia hacia sí mismo, pero, al cabo, lo bueno es que no hay confusión: la memoria de los liberales mexicanos del siglo XIX y la épica de Benito Juárez aún nos pertenecen, sin distingos, también el concepto de República que entre ellos moldearon, el que nomás no termina por cuajar, por eso: bienvenida la esperanza que la inmensa mayoría abraza hoy, hacía falta que en México se restaurara la posibilidad de la utopía, ojalá no implicara soterrar la pluralidad o conculcar la libertad de expresión.

agustino20@gmail.com





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