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Columna de Augusto Chacón

En política, lo de ayer sucedió mañana

Augusto Chacón

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Que haya un Poder Ejecutivo, exclamó el Constituyente en el principio de los tiempos, es decir, de los tiempos de la refundación de una lugar llamado México, y creyó, el Constituyente, que sería cosa buena (no le pasó, como en otras creaciones, que viera con sus propios ojos los retoños de esa cosa buena, y habrán de disculpar el pleonasmo, cuando el tema es grave hay que enfatizar); luego, desde la emoción que produce plantar la semilla de algo que, suponemos, dará frutos riquísimos, el Constituyente ideó que era menester que hubiera asimismo un poder Legislativo y, como con el anterior, supuso que con el correr de los años sería bueno. Pero es conocido que en donde quiera que haya dos existe conflicto, por lo que discurrió animar a un tercero y, valido de su creativa voluntad, manifestó: que haya también un poder Judicial, y previó que por sobre la faz de la resucitada nación la justicia imperaría. Lo demás, la vida grata, la vida entre iguales, se dará por añadidura, proclamó; entonces el Constituyente descansó, su mero hacer dio el primer signo del nuevo pacto: las cosas recordables de la historia lo son en tanto obsequian una jornada para el ocio.

Quienes creen en la eternidad de los entes podrán sentenciar, cien años después de aquel acto fundacional y dadas las evidencias que ya entrado el siglo XXI arroja la sociedad delineada aquellos días, el Constituyente se ha de estar revolcando en su tumba; pues el Ejecutivo sí hace, pero en buena medida para contento de él y de sus allegados; el Legislativo mira de reojo al anterior, por no dejar, y las leyes que prodiga no se traducen en bienestar generalizado o en un estado de derecho reluciente, salvo, tal como el Ejecutivo, para sus próximos interesados; y el Judicial aún no tiene claro el mandato original y vaga solo, en busca de sentido, de ideas.

Para los que no creen sino en el reino de este mundo, el Constituyente no ha muerto, es un viejo decrépito que pasa por la vida nacional lleno de implantes y aquejado de las cirugías que lo han desfigurado; todo lo que vaticinó sería bueno para la patria quedó nomás enunciado, y no porque su obra fuera mala, sino porque no sospechó la calaña de mucha de la gente que la pondría en práctica, y porque no calculó que para que el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial llevaran lo constituido al territorio de los hechos debían, primero, predicar con el ejemplo. Aparte de alguna excepción, no ha sucedido.

Hoy, la desolación que siembran y cosechan la violencia y la impunidad nos hace voltear al origen para constatar que a los poderes primigenios les añadieron pegotes, suerte de parches para los adictos a la nicotina: organismos autónomos, consejos ciudadanos, partidos omnipresentes, leyes para que las autoridades y los jueces respeten las leyes, y a la gente y al erario, y otras que obligan a los gobernantes a tomar en cuenta -se los pedimos por favor- acuerdos y tratados firmados con naciones más civilizadas, ya que con las normas que aquí hacemos no les basta al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial.

Así, por sobre el pantano institucional, intrincado, mal oliente, insano a veces, pero aún con posibilidad de albergar vida, creamos un Sistema Anticorrupción, y para él en Jalisco estamos en el brete de nombrar a nueve personajes, ajenos al intercambio político habitual, que marcarán su derrotero ético y la altura de su legitimidad; se inscribieron 51, la mayoría con merecimientos para otorgarles algo de lo que queda poco: confianza, tres de ellos son rectores de universidades importantes. La cosa es: las y los del Legislativo mirarán al pasado, en donde se sienten cómodos, para quedar convertidos, otra vez, en estatuas de sal, o mirarán al frente para apuntar al recomienzo. Parece apocalíptico, quizá estos tiempos lo son; ojalá los diputados, con su modo de elegir y según a quienes escojan, se atrevan a desecar el muladar, acto higiénico que a estas alturas luce, qué pena, germinal.

agustino20@gmail.com

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