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Columna de Augusto Chacón

El vacío de los ductos

Augusto Chacón

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Qué buena manera de estrenar el año: acciones concretas contra la corrupción y el crimen organizado, el caso que estrena 2019 se refiere al robo de combustibles, del que se desprende el neologismo: huachicol. El presidente López Obrador mandó cerrar la llave de un ducto o dos, con lo que al mismo tiempo cortó el caudal de dinero mal habido de una legión que al amparo del sistema dio con un modo de vida ideal: casi nada de gasto para obtener la materia prima y la venta asegurada, pura utilidad a costa del trabajo de los mexicanos. A costa asimismo de nuestra autoestima, Pemex solía ser patrimonio patrio, trofeo de una conquista nacional, pero sin empacho la corrupción la cedió, poco a poco, a unos cuantos; los dueños y el administrador, el gobierno, sobre todo éste, no fuimos capaces de mantener productiva la empresa que generó tantos dividendos, ésos que algunos dilapidaron miserablemente; el caso es que ni siquiera queda la vanidad de codearnos con las grandes petroleras mundiales, lo poco que hoy Pemex produce alcanza para vergüenzas y para curiosidades lingüísticas, el huachicoleo.

Pero de la clausura temporal de las válvulas no nos enteramos por el gobierno, la vivimos en tanque propio: la supimos en el peor momento, cuando necesitábamos reabastecer; sin advertencia, la gasolina dejó de fluir a regiones que contienen millones de personas y miles de empresas y negocios. Por supuesto, los perjuicios súbitos impiden ver el panorama entero y no falta quien crea que estábamos mejor las semanas previas. Si hacemos un esfuerzo para rebasar el sofoco que causa la aguja del medidor de gasolina puesta en la franja roja, alcanzaremos a sentir una dosis de satisfacción: pensar en los vividores, en los abusivos que ahora se muerden las uñas, aterrados porque seguramente quedarán mal con quienes suelen cobrar las cuentas a balazos y con ejecuciones, nos dejará disfrutar de un acto de gobierno como los que hace mucho no estaban a nuestro alcance, si no es que nunca, y quizá podamos suspirar: México bien vale dos o tres días sin auto, o cinco o seis.

Aunque, luego del lapso de regocijo debamos resistir el impulso de echar las campanas al vuelo; lo inusitado de la medida no la torna virtuosa e impoluta, recordemos: cada que un gobierno la ha emprendido contra un malviviente, o un grupo de estos, sin que haya castigo de por medio, cárcel, resarcimiento del daño y la correspondiente sanción social, lo que ha sucedido es que nomás cambiamos de maloras, quitamos a unos y se instalan otros, que llegan a acuerdos dizque nuevos, con los nuevos; así ha pasado con sindicatos, con el crimen organizado y con los poderosos de facto.

Lo original y trascendente será que el régimen de Andrés Manuel López Obrador dé con la urdimbre entera de la corrupción y con los criminales y además los acuse con pruebas y los lleve a juicio y los jueces los sentencien y sus nombres y sus modos sean del dominio público. En este punto el escarmiento, ese escarmiento, sería principio del fin del envilecimiento del estado de derecho. Si en cambio el mecanismo será del tipo ya anunciado, amor y paz, el perdón por delante “porque no soy rencoroso” o “vivamos como hermanos y en unidad”, quedará la sospecha de que solamente se reeditan, en medio de otro discurso, los subterfugios que mantienen vigente el concepto: como que sí y al cabo no.

No se trata de vengarnos, pero cesar la impunidad, no en abstracto, sino de la que se valen personajes objetivos e identificados, es parte del paquete de anhelos que llevaron a López Obrador al poder; es decir, ojalá que la falta de gasolina, la incertidumbre y las pérdidas económicas no sean en vano y que la medida no acabe como artilugio para que el presidente se jacte de sus virtudes morales, que no confirmemos que lo de las válvulas apretadas fue sólo parte de la verdad, que la escasez tiene también raíces en la incompetencia del director de Pemex y de la secretaria de Energía.


agustino20@gmail.com




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