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Domingo , 15.07.2018 / 18:07 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Con melón o con sandía

Augusto Chacón

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El inicio de año es tierra propicia para que germinen dos especies que compiten por los nutrientes de la opinión pública: el optimismo y el pesimismo; aunque este último es el que tiene más mercado, quien lo consume pregona que le permitirá estar protegido contra las inclemencias de la realidad o, cuando menos, su ingesta no tiene efectos secundarios, aparentemente. En la otra ladera, a quien siembra optimismo no le importa darse de frente contra la pared de los hechos, prefiere la desilusión antes que sumarse a la hilera de negativos que, sostienen los optimistas, terminan por convocar los males que luego celebran. Aunque al final, todos, al pronosticar en un sentido u otro, lo que quieren es poder decir: ya ven, yo tenía la razón.

En el contexto nacional, en medio de una economía dependiente del gasto público y éste a su vez de la renta petrolera que ya no nos pertenece, inmersos en una inseguridad pública que no cesa de extenderse y sumidos en una severa crisis de capital social, quienes debatimos sobre la perspectiva del porvenir nos podemos dar el lujo de ser optimistas, más todavía: Cualquiera que gane más de quince mil pesos al mes debe serlo, así sea por agradecimiento al azar magnánimo. Mientras que, justo por ese contexto nacional, es fácil entender que quienes ven un futuro oscuro y aciago no son pesimistas por lo que prevén para ellos mismos, sino porque les resulte chocante hablar de lo bien que pinta el año si es de considerarse que para más de la mitad de los habitantes del país el dilema sobre lo que depara 2014 no es intelectual sino alimentario: ¿Comerán todos los días?

Al fondo de nuestro optar por ser optimistas o pesimistas hay una moral que nos es útil para desatender lo que no coincide con la realidad que creamos, y así perpetuamos el estatus quo. Por ejemplo, de La Jornada Jalisco, 10/01/14: “En los últimos cinco años, el poder adquisitivo de los mexicanos disminuyó 44%, ya que la inflación aumentó y el salario real decreció, lo cual ha generado mayor pobreza y desigualdad social, aseguró Héctor Luis del Toro Chávez (…) profesor investigador de la Universidad de Guadalajara.”; otro ejemplo, de MILENIO JALISCO, también de ayer: “Señaló que en ocho años el crédito otorgado a las empresas se duplicará (…) Lo anterior, refirió [Agustín Carstens], se reflejará en crecimiento económico”. ¿En cuál de estas dos versiones de la economía estamos incluidos? ¿En cuál caben los pobres, los indígenas, las amas de casa de las colonias de la periferia?

No podemos zanjar la dicotomía poniendo en medio a la realidad, como tradicionalmente hacen algunos: Ni pesimistas ni optimistas, realistas, porque unos y otros crean realidad, y porque al ver únicamente los postulados que les vienen bien ahondan los problemas de la mitad empobrecida. Podemos usar la imagen de un alpinista a 200 metros de altura, adherido a la roca que se yergue vertical sobre un valle; la alcayata, el mosquetón y la cuerda de los que pende representan al optimismo, que se mantendrá con la condición de que el escalador no mire a su amenazante entorno, desde el que se ciernen, constantes e impredecibles, el clima, el abismo, la calidad de sus herramientas y lo volátil que podría ser su pericia, que representan al pesimismo. Si junto a él estuviera otro, otra, el optimismo sería doble por la mera proximidad de un semejante, y si además cada cual se cerciorara de la seguridad del otro, se elevaría al cuadrado sin necesidad de ignorar los riesgos circundantes. Pero al sistema no le viene bien un optimismo de esta índole, prefiere la tensión paralizante de las dos visiones. El modelo económico se nutre de la búsqueda individual de beneficios. El esquema fiscal cuenta con que saquemos cuentas personales: cuánto voy a pagar yo; anatema si queremos estar atentos a cómo se gasta el dinero público o si exigimos que con éste haya distribución de la riqueza. ¿Entonces? Ni optimistas ni pesimistas: comunitarios.

agustino20@gmail.com

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