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Jueves , 18.10.2018 / 19:33 Hoy

Los derechos hoy

Violencia sexual: las trampas de la justicia

Arturo Zaldívar

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En todas partes del mundo observamos el mismo fenómeno: hombres acusados de violación son absueltos, condenados por delitos menos graves, o sancionados con penas indulgentes, por jueces para quienes la noción de consentimiento sexual obedece a patrones socioculturales que asignan a la mujer la responsabilidad de establecer los límites a los naturales avances de los hombres.

Así, cuando se confrontan con los hechos probados, no los encuentran suficientemente apegados al estereotipo de violación, en el que la mujer grita y se defiende frente a una fuerza física apabullante que se impone.

Estos estereotipos de género acerca del consentimiento sexual están profundamente arraigados en prácticamente todas las sociedades. Para muchas personas —hombres y mujeres—, prevalece la idea de que la violación es un delito atroz, únicamente cuando la víctima es una mujer honorable y virtuosa que fue ferozmente atacada y cuyo cuerpo exhibe los rastros de su resistencia. Fuera de esos casos, si se trata de una joven que bebió y que aceptó las primeras insinuaciones, muchos entienden que abdicó de su responsabilidad y que al no poner límites contundentes, implícitamente aceptó las consecuencias. La violación se ve entonces como el error natural de un joven que no fue claramente rechazado y al que, por tanto, la justicia no le puede arruinar la vida.

En una reciente encuesta entre ciudadanos de la Unión Europea, 27 por ciento de los participantes consideró que una violación está justificada bajo ciertas circunstancias. Aproximadamente uno de cada cinco opinó que muchas veces las mujeres inventan o exageran sus acusaciones de abuso o violación y en esa misma proporción estimaron que la violencia muchas veces es provocada por la víctima.

No es de extrañar, entonces, que estas percepciones sobre la violencia sexual se vean reflejadas en las propias leyes, que suelen ser más laxas respecto de conductas en las que, aún sin haber consentimiento, se estima que al hombre le era menos exigible refrenarse. Y los sesgos se manifiestan nuevamente al llevarse a cabo los procesos judiciales, en los que se resta credibilidad a la víctima, se duda de que la violación haya realmente ocurrido y se le cuestiona por no encajar en un determinado modelo de decencia y castidad.

En todos los casos, lo que subyace tanto a las leyes como a la forma en que se aplican es una visión de la sexualidad que no toma en cuenta el contexto sociocultural ni las estructuras de dominación masculina y en la que el consentimiento no tendría que ser respetado, sino hecho valer por la mujer mediante fuerza física de ser necesario.

El resultado es que cuando los casos de violencia sexual llegan a los tribunales, los papeles se invierten: es a la mujer a quien se juzga, a quien se exige demostrar que se defendió lo suficiente, que fue lo suficientemente violentada, que no experimentó placer, que la experiencia la dejó manifiestamente traumatizada. Cualquier titubeo hace pensar que el hombre estaba en su derecho.

Afortunadamente, la sociedad eleva cada vez más su voz frente a estas injusticias y nos demanda, nos exige, a nosotros, sus jueces, que cambiemos estos patrones. Que desentrañemos y desarticulemos estas estructuras y que interpretemos y apliquemos la ley entendiendo la manera como operan las relaciones de poder en el marco de las cuales se produjo la relación sexual, prestando atención a las circunstancias que contribuyeron a la respuesta de la mujer a la agresión.

No debemos perder de vista que lo que la ley penal tutela es la libertad sexual y que dicha libertad se anula no solo mediante la violencia, sino a través de una variedad de circunstancias derivadas de la asimetría de las relaciones entre hombres y mujeres, de las que puede derivar una situación de indefensión.

Los jueces no podemos escudarnos en la injusticia de las leyes. Somos los responsables de interpretarlas y darles contenido y, al hacerlo, debemos velar porque su aplicación no sea discriminatoria. No podemos cerrar los ojos y voltear la cara aceptando, sin más, la idea de que el cuerpo de la mujer es disponible para los hombres, a menos que estén dispuestas a dar su vida para evitarlo.

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