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Domingo , 22.07.2018 / 06:07 Hoy

Los derechos hoy

2018: el reto del año electoral

Arturo Zaldívar

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El año electoral que comienza se vislumbra convulso y amenazado por numerosos riesgos. La infiltración de la delincuencia organizada, el uso de recursos de procedencia ilícita, la incertidumbre económica, la polarización, e incluso la violencia política, anticipan todo tipo de escenarios complicados, capaces de poner en jaque la estabilidad y la gobernabilidad de nuestro país. Llevar a buen puerto el proceso electoral requiere, en estas condiciones, de una enorme responsabilidad y seriedad por parte de los actores políticos y de las instituciones, las que se verán enfrentadas a un reto histórico.

Gran parte de esta tarea recaerá en los propios candidatos y en los partidos políticos. A pesar de que la lucha por el poder de suyo es necesariamente intensa y acalorada, incluso ríspida, es de vital importancia que el debate se centre en el terreno de las propuestas y que se mantenga un mínimo de civilidad en los mensajes políticos. La experiencia de la elección estadunidense debe servirnos de ejemplo, en cuanto a que el tono del discurso público repercute en el ánimo social, es susceptible de derivar en lenguaje de odio y llevar a actos violentos. Optar por campañas sucias, centradas en el miedo y la descalificación gratuita, en este entorno, puede producir fracturas imposibles de sanar en la etapa postelectoral.

De especial relevancia será también el papel del INE en la organización de la elección más grande de la historia. La credibilidad en su labor es indispensable para el éxito de la elección y para alcanzarla, será necesario que fije con claridad y anticipación las reglas a las que se sujetará y que ejerza todas sus facultades a plenitud, sin titubeos ni medias tintas, para cumplir en forma efectiva su papel de vigilante de la certeza, legalidad, equidad e imparcialidad en la contienda.

Lo mismo es cierto para el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Ante una elección cerrada como la que probablemente se avecina, la imparcialidad —apreciada a la luz de la calidad argumentativa de sus sentencias— será esencial para la legitimidad electoral. La consistencia en los criterios, el respeto por los precedentes, la claridad expositiva, son condiciones indispensables para obtener la confianza de los ciudadanos en su función de máxima autoridad jurisdiccional en la materia. La actuación del Tribunal no solo debe ser imparcial, sino que debe serlo en forma aparente y palpable para todos.

En suma, todos los actores e instituciones a quienes corresponde intervenir en el proceso electoral deben actuar de conformidad con lo que de ellos exige la Constitución y lo que de ellos espera la sociedad. Deben hacer lo que les toca, conscientes del impacto de sus decisiones y de los riesgos que entrañaría para nuestro país el no cumplir cabalmente con sus funciones.

Finalmente, tanto a lo largo del proceso, pero sobre todo, una vez pasada la elección, la Suprema Corte también desempeñará un papel fundamental como poder equilibrador, protector de las libertades y, en esa medida, garante de la gobernabilidad. La Corte tiene un papel decisivo en contribuir a la estabilidad política en la fase postelectoral y por ello, deberá poner en el centro de sus prioridades el fortalecimiento de su papel como árbitro y ancla de la legitimidad en un estado de derecho.

La imparcialidad y la independencia no significan que el Tribunal Constitucional deba actuar en forma aislada e indiferente a la realidad; por el contrario, las garantías institucionales con que cuenta son las herramientas a través de las cuales le es posible contribuir activamente al desarrollo de la vida democrática. Pero para ello, debe presentarse ante la ciudadanía con la autoridad moral y credibilidad ganadas sobre la base de la calidad y pertinencia de sus fallos, de la altura de sus debates y de la transparencia de su actuación.

Pienso que sería un error para las instituciones y para la clase política en general, minimizar el reto y las implicaciones de su desempeño en este año electoral. Es el momento para todos de actuar con altura de miras y con visión de estado, por encima de intereses personales o coyunturales, para no dejar que nuestro país se nos siga yendo de las manos. Quizás después sea demasiado tarde.

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