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Escrito en España

Piratas, combates y barcos perdidos

Arturo Pérez-Reverte

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Hace un par de meses comenté aquí las películas del Oeste que de una u otra forma marcaron mi vida; y más tarde, a petición de algunos amigos, prometí repetir el asunto con otros géneros. Recordé ayer el compromiso viendo Cuando todo está perdido, una de las peores películas del mar que me calcé nunca, con Robert Redford encarnando a un marino solitario en una interpretación tan poco realista, tan ajena a los principios básicos de la navegación, que hasta un espectador de tierra adentro comprende que es normal que todo se pierda, e incluso llega a desear con plena justicia que el protagonista se ahogue, por incompetente.

Voy a mencionar hoy 28 películas sobre el mar. No son las mejores ni todas las que me gustan, pero están entre mis favoritas. Las vi en cines de antes, con pantalla grande, y dos marcaron mi infancia marinera. Una es El misterio del barco perdido, con la que el niño que yo era asoció la figura de Gary Cooper y sus chaquetas con botones dorados a los capitanes mercantes que, por razones familiares, ya admiraba sin reservas. La otra fue El mundo en sus manos: Gregory Peck, Anthony Quinn y la carrera de las dos goletas, la Peregrina quitándole el viento por barlovento a la Santa Isabel, y la música, y la emoción que todavía, a mi edad y con alguna mar navegada, me asalta cada vez que veo tan formidable escena.

Del mar y la antigüedad tengo dos debilidades: Jasón y los argonautas y Los vikingos —estupendos Kirk Douglas y Tony Curtis—. Y en cuanto a la Segunda Guerra Mundial, hay muchas que me gustan, pero siete ocupan lugar especial en mi memoria: Hundid el Bismarck, La batalla del Río de la Plata —la primera vez que estuve en Montevideo tenía el Graf Spee en la cabeza—, Mar Cruel, El zorro de los océanos —¡John Wayne como capitán mercante alemán!—, la extraordinaria No eran imprescindibles, de John Ford, la claustrofóbica y soberbia Náufragos, de Hichtcock, y la que tal vez sea para mí la mejor de todas, Duelo en el Atlántico: un épico desafío a vida y muerte entre un destructor norteamericano, cuyo capitán es Robert Mitchum, y un submarino alemán bajo el mando de Curd Jürgens.

Los motines en el mar también dan de sí. El motín del Caine y Motín en el Defiant son muy buenas, y sus dos sombríos capitanes, encarnados por Humphrey Bogart y Alec Guinnes, forman espléndido trío, o cuarteto, con el capitán Blight, comandante del HMS Bounty en Rebelión a bordo, sobre el que sigo dudando quién me roba más el corazón: el Charles Laughton de la versión de 1935 o el Trevor Howard de 1962. Y pasando de motines y navegación a vela a la época naval casi napoléonica, o sin casi, es inevitable mencionar otra buena película y una obra maestra. La primera es La fragata infernal, basada en el relato Billy Budd de Melville. Y la otra, seguramente la mejor de guerras navales a vela de todos los tiempos, es Master & Commander, con Russell Crowe interpretando al mítico capitán Jack Aubrey; una de las pocas, por cierto, donde la terminología naval, o su doblaje, no incurre en disparates del tipo “amurad escotas” o “izad velas a barlovento” tan frecuentes en el género, pues la versión española fue supervisada por mi amigo Miguel Antón, brillante traductor de novelas de Patrick O’Brian.

Se acaba la página y quedan muchas, así que resumiré cuanto pueda. Moby Dick, de John Houston, es otra indiscutible obra maestra, como lo es La última noche del Titanic, la mejor de las realizadas sobre esa tragedia. De marinos y niños, sin duda Capitanes Intrépidos. De piratas, La isla del Tesoro —la versión con Wallace Beery como Long John Silver es mi preferida—, El Cisne Negro y El capitán Blood, joya del género, en la que un soberbio Errol Flynn encuentra perfecto oponente en el malvado pirata Levasseur interpretado por Basil Rathbone. También hay un thriller naútico-policial que me gusta mucho, El buque faro, con Robert Duvall haciendo de malo malísimo. Peter O’Toole protagoniza Lord Jim de forma inolvidable, y La tormenta perfecta es una estremecedora historia de mar y marinos de verdad. En El gran azul descubrí para toda la vida al mejor Jean Reno. Y Tener y no tener, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall —hay otras versiones peores, con John Garfield y con Audie Murphy— es una de las tres o cuatro grandes películas que en caso de naufragio llevaría a una isla desierta. Aunque, puestos a ir a esa isla, con quien iría sin dudarlo es con la Sophia Loren que emerge del agua, mojada la blusa, en la primera y fascinante secuencia de La sirena y el delfín.

Cine del mar, en fin. Cine con sabor a sal, a vida y a aventura. Cine de toda la vida. Que ustedes lo vean y lo disfruten si aún no lo hicieron. Amén. 


* MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA



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