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Jueves , 21.06.2018 / 22:43 Hoy

De política y cosas peores

2015-03-14

Armando "Catón" Fuentes Aguirre

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La Alameda Zaragoza es un hermoso parque de Saltillo. Me dicen que Nueva York tiene uno parecido -entiendo que se llama Central Park-, pero seguramente no es tan grande ni tan bello como el de mi ciudad. Alguna vez le hice un sonetito a ese entrañable sitio en el que muchos saltillenses rezamos por primera vez los misterios gozosos, luminoso y gloriosos del amor. (Y también los dolorosos). En su terceto final dice el soneto: “. Ahí todos tenemos biografía. / Si la Alameda de Saltillo hablara / ¡cuántas cosas, Señor, no callaría!”. Hubo un tiempo en que nuestra alameda estuvo convertida en feo zoco de comerciantes cuyos puestos la afeaban y llenaban de basura. Los invasores del jardín eran presididos por un belicoso señor llamado Cheto y una pugnaz señora conocida por la Chocolata. Tan prepotentes eran que uno de ellos llegó a exigir, háganme ustedes el refabrón cavor, que el municipio le escriturara la parte de la calle que ocupaba con su puesto. Por fortuna tuvimos un excelente alcalde, Jericó Abramo Masso -el anterior al que tenemos ahora-, que se fajó los pantalones, como dicen, y con el apoyo del gobernador Rubén Moreira hizo que los posesionarios de la Alameda salieran de ella. Se les buscó una nueva ubicación y se les dio ayuda para que reiniciaran su actividad en otra parte donde no lesionaran el interés común. La Alameda recobró su original belleza, y otra vez las familias saltillenses volvieron a tener en ella un precioso paseo lleno de tradiciones y recuerdos. Ojalá permanezca así, por el bien de mi ciudad y de su gente. Lo digo porque otros lugares igualmente ricos en historia y en historias están ahora ocupados por similares puestos. Ejemplo de ello es la recoleta plazuela de San Francisco, hoy agrandada con el amplio jardín que el propio gobernador Moreira hizo construir en homenaje al Ateneo Fuente, cuyo antiguo edificio estuvo ahí. Tales puestos, a más de invadir parte de la vía pública, impiden gozar la vista de la linda placita y el nuevo jardín. A nadie se le puede impedir ganar la vida honradamente, pero tampoco nadie tiene derecho a apoderarse de un bien común, ni a privatizarlo para su beneficio. Como saltillense originario y vecino de la vieja calle de Santiago espero que, a la manera en que lo hizo Jericó, el actual alcalde sepa cuidar y proteger las bellezas de nuestra ciudad. No hacerlo sería culpable negligencia e inexplicable dejadez. En términos de golf la palabra “handicap” significa, entre otras cosas, la ventaja que un golfista de calidad superior debe dar a otro no tan bueno como él para hacer que el juego entre ellos sea más parejo. Cierto golfista se disponía a hacer su tiro cuando pasó corriendo una curvilínea mujer completamente desnuda. La perseguían dos hombres vestidos con uniforme blanco. Tras ellos iba otro que vestía en igual forma, y que cargaba en cada mano una pesada cubeta llena de arena. “¿Qué significa eso?” -le preguntó el asombrado golfista a su caddy. Explicó el muchacho: “Cerca de aquí hay un manicomio. Cada semana se escapa de él esa mujer, y salen a perseguirla tres guardianes. El que la alcanza debe cargar la siguiente semana las cubetas con arena. Ése es su handicap”. Don Hamponio, el narco de la esquina, asistió al examen público de su hijo Hamponito. La maestra le preguntó al chiquillo: “¿Quién tomó la Alhóndiga de Granaditas?”. Respondió el niño: “No fui yo, maestra. Y si no me lo cree pregúnteles a los demás”. Don Hamponio y le dijo, severo, a su retoño: “Si fuiste tú el que agarró esa alhóndiga será mejor que lo confieses. Total, si ya te la comiste se la pagamos a la maestra, y asunto arreglado”. Termina esta columneja con un chascarrillo de dudoso gusto. Quienes no gusten de esa clase de cuentos deben suspender en este mismo punto la lectura. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió a Dulcilí, muchacha ingenua, que le hiciera dación de su más íntimo tesoro. Ella le respondió: “Soy virgen”. “Qué bueno que me lo dices -contestó el salaz sujeto-. Mientras te esté follando te rezaré algunas oraciones”. FIN.

MIRADOR

Llegó sin anunciarse y me dijo:

-Soy el rojo.

Le pregunté:

-¿Cuál de todos los rojos es usted? Porque los hay de todas las especies: números rojos, cuentos rojos, obispos rojos, focos rojos, glóbulos rojos, políticos que dicen que son rojos.

Respondió:

-Yo soy sencillamente el color rojo; el mejor de todos los colores.

-Perdóneme -le dije-. Ningún color es mejor que otro. Son diferentes, eso sí. Cada uno de ellos tiene. su color.

Al oír eso el color rojo se puso rojo. Le comenté:

-Ahora es usted más rojo. Pero tampoco eso significa que sea el mejor.

Ya no me dijo nada. Se alejó mascullando no sé qué. Iba rojo.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Multan otra vez al Partido Verde.”.

A mí en verdad me divierte este partido “ecológico” que en modo muy poco lógico pide la pena de muerte.

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