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Martes , 17.07.2018 / 05:10 Hoy

Analecta de las horas

Vacaciones, fotos, libros…

Ariel González Jiménez

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La ilusión por los libros para el verano vuelve año con año. No importa la clase de lector que uno sea, siempre hay algo que suponemos nos vendrá bien para esos días en los que presumiblemente vacacionaremos y nos tumbaremos, ahora sí, a leer, porque se supone que el asueto es el momento más propicio para encontrarnos con esas deseadas páginas.

Pero ¿cuáles son los libros para el verano? En realidad no existen, puesto que los libros que terminamos leyendo por estos días en otra ciudad o en un bosque (o llevándolos a la playa para no leerlos) no fueron ni escritos ni editados ex profeso para esta temporada; ni siquiera los más ligeros de ellos (que son los más recomendados porque se les figura a sus promotores que la gente puede leerlos como si nada en donde sea).

Todos los libros “para el verano” son novedades o son títulos que ambicionábamos hace tiempo leer. Así que cualquiera que sea de nuestro interés funciona. Y lo más probable es que si leemos mamotretos dóciles y pegajosos de intriga o misterio, terminemos con uno de ellos frente a la playa; de igual forma, si se nos da por cualquier otro género o subgénero, lo procuraremos para esa gran ocasión.

Uno de mis pasatiempos en la playa, los cafés, restaurantes, el Metro y por donde vaya, es descubrir quién lee y, desde luego, qué lee. Nada de falsarias o cándidas encuestas: me gusta encontrarme con ese animal que lee así, in situ y al natural.

Por supuesto que cuando la lectura es un acto público se presta a todo tipo de simulaciones, algunas de ellas francamente deliciosas. Nadando a la orilla de ciertas piscinas he descubierto a inquietantes mozuelas leyendo a Heidegger como si se tratara de la revista Vogue. Espiando en la mesa de al lado en algunos bares he visto a jóvenes que no parecen arredrarse ante el tercer tomo de El capital, de Marx. Y en el Metro he envidiado la concentración de algunos para leer otros complejos textos de filosofía o ciencias.

¿Fanfarronería intelectualoide? Puede ser. Aunque desde luego creo que ya el hecho de que tengan la intención de fingir que leen algo así, me parece positivo. Son tan nobles los libros que hasta para posar con ellos resultan insuperables.

Marilyn Monroe, sorprendente y genuina lectora como se sabe ahora, algo sabía del tema porque se tomó un sinnúmero de fotografías leyendo. Quizás eran sus favoritas. Antonio Tabucchi dejó asentado que “dentro de ese cuerpo, que en ciertos momentos de su vida Marilyn llevó como quien lleva una maleta, habitaba el alma de una intelectual y de una poeta que nadie sospechaba”.

En 2014, la casa de subastas Christie’s ordenó y puso en venta su biblioteca, que consta de 400 volúmenes muy bien escogidos. En ese acervo figuran firmas de lo más representativas de la gran literatura: James Joyce, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Aristóteles, Platón, Dostoievski, Tolstói, Chéjov, Proust, Zola, Walt Whitman, Jack Kerouac, Ernest Hemingway, entre otros muchos que frecuentaba la superestrella. (Un dato curioso, su biblioteca no contenía un solo volumen de Arthur Miller, el gran escritor y dramaturgo con quien llegó a estar casada).

Pero las fotos que se hizo tomar dicen mucho más que su biblioteca, porque gustaba hacer que el libro figurara. Es decir, la imagen tenía que ser no solo ella leyendo, majestuosa y sensual en un sofá, el jardín o la cama, sino que el libro debía tener su espacio. Así, por ejemplo, la vemos tumbada plácidamente en un sofá cama leyendo a Heinrich Heine; en traje de baño fascinada con el Ulises de James Joyce; hurgando, en un impactante short, su biblioteca y hallando un libro sobre Goya; sobre el pasto, también de short, admirando por supuesto Hojas de hierba, de Walt Whitman… Ah, la belleza y las letras!

Entiendo que llevar a pasear —de vacaciones o no— un libro, no es en todos los casos un mero alarde, pero convengamos que hay de libros a libros, y que por supuesto hasta el lector más ducho siempre elegirá para su descanso alguna obra que no represente un esfuerzo de concentración mayor.

Definitivamente creo que hay libros que solo se pueden leer bien a solas, sin humo ni trago al lado, sin interrupciones o distractores. Estoy hablando de obras mayores, densas por necesidad y exigentes en todos los sentidos. Y más aún: libros que, como decía el doctor Johnson, hay que leer como un deber antes que por placer (contra lo que recomendaba García Márquez: abandonar el libro si no nos atrapa en los primeros párrafos, lo cual siempre es muy fácil).

Siempre hay que distinguir el momento para cada texto. Pero si vamos de vacaciones, que sea por favor con un buen libro, aunque sea para la foto, como hubiera hecho Marilyn.

ariel2001@prodigy.net.mx

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