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Domingo , 21.10.2018 / 03:45 Hoy

Analecta de las horas

Una temporada en el maoísmo

Ariel González Jiménez

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Al final de mi adolescencia no encontré nada más virulento que adscribirme al maoísmo. Lo hice de modo oficial hacia los 16 años, pero antes de los 18 fui expulsado por mis propios camaradas acusado de “prosoviético” y de no reconocer los “métodos de dirección” (antidemocráticos a todas luces) de la oscura organización que me había reclutado.

No hice nada por volver. A pesar de haber leído las obras indispensables del Gran Timonel, no comprendía que se las leyera como catecismo y que fueran la única (pobrísima) lente para analizar el mundo. Por entonces me empezaba a entusiasmar leer directamente a Marx y no me hacía sentido que adoráramos más al santo chino que al mismísimo Dios. Por otra parte, no dejaba de observar con espanto el profundo dogmatismo con que mis camaradas enarbolaban precisamente “la lucha contra el dogmatismo” en sus filas.

Todo estaba lleno de eufemismos: la disciplina era vil autoritarismo; la ideología revolucionaria, grosera ignorancia; la ¨línea de masas”, un concentrado de demagogia delirante (Mao dijo: “Es necesario enseñar a cada camarada a amar a las masas populares y escucharlas atentamente; a identificarse con las masas dondequiera que se encuentren y, en lugar de situarse por encima, sumergirse en ellas…”. Pero para mí todo eso era como pedirme disfrutar de un viaje en el Metro en hora pico).

Empezaba también a leer informes de “revisionistas”, “traidores” e “intelectuales burgueses” de toda laya, que daban cuenta de las atrocidades que habían estado acompañando la construcción del socialismo en China. Mi vieja edición de Los trajes nuevos del presidente Mao. Crónica de la Revolución cultural, de Simon Leys (Tusquets), cuyo título aludía a la condescendencia servil e irracional que el mandarinato de Mao había impuesto (remedo de la que Hans Christian Andersen plantea en su cuento “El traje nuevo del emperador”), formaba parte de las “mentiras urdidas por el imperialismo”, decían mis dirigentes.

Que en las postrimerías de mi adolescencia yo fuera o creyera ser maoísta (de acuerdo con los estándares de “nivel de consciencia política” de mis cuadros directivos nunca lo fui) no tiene en retrospectiva nada especial. Incluso lo mejor de la inteligencia francesa, por ejemplo, sucumbió a la fascinación que despertaba Mao y, más tarde, su Revolución Cultural, que de cultural tuvo solamente lo que de modo antropológico podemos definir como las más salvajes prácticas de lucha por el poder.

No fue fácil romper el encantamiento maoísta. Las peregrinaciones de intelectuales al paraíso socialista chino no le abrían los ojos a nadie, puesto que eran meros actos de fe en los que los viajeros encontraban solamente aquello en lo que ya creían.

Quizás tuvieron que revelarse los extremos criminales de su protegido Pol Pot en Camboya para que se empezara a mirar a Mao como el cerebro de uno de los proyectos comunistas más aterradores del mundo (en términos numéricos, ni siquiera comparable al del camarada Stalin, que en ese terreno se esforzó mucho, como sabemos).

Tan solo en el Gran Salto Adelante, entre 1958 y 1962, decenas de millones de chinos quedaron en el camino para que el “amanecer de un nuevo mundo” fuera posible. Las cifras son siempre difíciles de elaborar, pero las más serias indican que en conjunto el terror maoísta tuvo como saldo cerca de 70 millones de víctimas, lo que convierte al sonriente dirigente chino en uno de los mayores criminales de la historia.

Este año se han cumplido 50 años de que comenzó la Revolución Cultural y 40 de la muerte de Mao. Convertido en un icono pop gracias a Andy Warhol; venerado como el autor del Libro rojo (su breviario ideológico) o visto desde la moda como un cuello que lleva su nombre, el Gran Timonel parece un líder inofensivo. Hasta sus biógrafos más documentados, como Philipe Short, de pronto sucumben a la tentación de expiarlo. Pero las decenas de millones de muertos ligados a su proyecto están ahí, y muchísimos otros millones que sobrevivieron al exterminio, a la represión, a los campos de reeducación, también.

La ceguera ideológica, así como el fanatismo y la estupidez que nos impidieron ver en su verdadera dimensión los horrores del comunismo, desgraciadamente siguen presentes, blindadas quizás por la ilusión que siempre ha producido la idea de una sociedad más justa.

En la historia de la humanidad, ninguna idea ha sido más peligrosa y terrible como la de cambiar el mundo mediante la revolución comunista; ninguna otra, creyendo “tomar por asalto el cielo”, ha abierto tantos infiernos. Mao la encarnaba y producía con ella una fascinación tremenda; y aunque no tuviera mayor contenido o fundamento, muchos la hicieron suya, como la hoja en blanco que, según cuenta Hans Magnus Enzensberger, Mao regaló al periodista y dramaturgo Armand Gatti cuando éste le preguntó cómo se imaginaba el futuro. (“Mao se mete la mano en su bolsillo del pecho, saca una libreta, la hojea, encuentra una hoja vacía, la arranca y se la entrega… Durante meses Gatti conservó la hoja en blanco entre las páginas de un libro. Un día sus hijos sacaron el libro de la estantería, encontraron el papel y lo llenaron de garabatos jeroglíficos en color que burlaban toda tentativa de desciframiento”).

Pasados los años, creo que las ilusiones de mi temporada maoísta fueron como esa hoja en blanco.

ariel2001@prodigy.net.mx

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