• Regístrate
Estás leyendo: Un Shakespeare de a pie
Comparte esta noticia
Lunes , 22.10.2018 / 09:54 Hoy

Analecta de las horas

Un Shakespeare de a pie

Ariel González Jiménez

Publicidad
Publicidad

Cuatrocientos años después de su muerte, el interés por presentar la vida de William Shakespeare como un enigma, lejos de ceder, se hace más grande e influyente. La fecha de su muerte, la autoría de sus obras, su verdadero rostro y hasta si tiene o no cabeza en la tumba donde aparentemente descansan sus restos, son parte del entramado de dudas y misterios que sus biógrafos de ocasión y otros improvisados han tejido desde hace siglos.

Con tanta novela barata sobre su vida, libros de intrigantes historias acerca de su obra y películas absurdas y ridículas en torno de ambas, es obvio que hoy mismo algunos de sus lectores medianamente informados dan por buenas algunas de las más extravagantes hipótesis que se plantean sobre el dramaturgo y poeta inglés.

Sin embargo, sus biógrafos más serios tienen menos problemas en reconocer al personaje histórico y darle plena identidad literaria, con lo que hacen a un lado un sinnúmero de falacias que circulan en torno del verdadero carácter de este héroe de las letras inglesas. Por cierto que, contra lo que siempre suponen los más irracionales escépticos, el tiempo ha obrado a favor de la verdad histórica; así que entre un biógrafo de Shakespeare exquisito y entusiasta como Victor Hugo, profundo conocedor de su obra, pero acaso no tan documentado en varios temas, y un autor como James Shapiro (me refiero a su estupendo 1599. Un año en la vida de William Shakespeare) media una distancia muy favorable a los estudios biobibliográficos y, naturalmente, desfavorable al autor de Los miserables.

Un ejemplo: Victor Hugo escribe en su Vida y obra de Shakespeare que "el 23 de abril murió. Precisamente ese mismo día cumplía 52 años, pues había nacido el 23 de abril de 1564. Ese mismo 23 de abril de 1616 murió Cervantes, genio de la misma talla. Cuando William Shakespeare falleció, Milton tenía ocho años; Corneille, diez; Carlos I y Cromwell eran adolescentes, uno de dieciséis y el otro de diecisiete años".

Como sabemos, las cuentas del buen Victor Hugo son más ideales que reales —suponer que Cervantes y Shakespeare dejaron simultáneamente este mundo me parece conmovedor—, toda vez que ignora que existía en ese entonces una diferencia de 10 días entre los calendarios de Inglaterra y España, una separación debida al papa y no asumida por los ingleses; de tal suerte que el 23 de abril para éstos era en realidad el 3 de mayo para las naciones católicas.

En cambio, en materia de análisis de su obra, las cosas pintan mucho mejor para autores como Samuel Johnson, cuya mirada acerca del universalismo de Shakespeare (en el Prefacio de 1765 a sus obras completas) parece que fue redactada ayer: "Shakespeare es, por encima de todos los escritores —al menos de los modernos—, el poeta de la naturaleza, aquel que ofrece a sus lectores un espejo fiel de las costumbres y de la vida. Sus personajes no están moldeados según los usos de lugares concretos sin vigencia en el resto del mundo, ni por las peculiaridades del oficio o del estudio que solo se manifiestan en unos pocos, ni por las contingencias de modas pasajeras y opiniones circunstanciales: son hijos legítimos de una humanidad común, tal como el mundo siempre nos los proporcionará y en la forma en que nuestros ojos siempre podrán encontrarlos. Sus personajes hablan y actúan movidos por esas pasiones y principios universales que inquietan a todos los espíritus y que mantienen en movimiento el sistema de la vida. Con demasiada frecuencia en las obras de otros poetas, un personaje es solo un individuo; por lo general, en las de Shakespeare es una especie".

Por su amigo Jonson —afirma Samuel Johnson— se conoce que "sabía poco latín y nada de griego", algo que ha alimentado el "mito" (dice Johnson) de que su formación era precaria; es decir, ya desde entonces no faltaba quién pusiera en cuestión la posibilidad de que alguien con su educación pudiera desarrollar obras de extraordinaria complejidad y riqueza. Pero leyéndolo podemos hacer nuestra, como propone Johnson, la observación de Alexander Pope en el sentido de que la sabiduría de Shakespeare no es tanto libresca como vital: "Aquel que desee entenderlo no debe contentarse con estudiarlo en su gabinete; unas veces deberá buscarle sentido entre las faenas del campo y otras en pleno trabajo en el taller".

El talento de Shakespeare no es culterano, es producto neto de su cuna, que lo obligó a ejercer ocupaciones que para otros eran despreciables; es reflejo de su ser aventurero y de la profunda necesidad (material y espiritual) de ganarse la existencia como hombre de teatro. Shakespeare no sabía tanto de literatura como de la vida.

El Shakespeare de a pie, de infinitas andanzas y rudas experiencias en ese Londres a caballo entre el siglo XVI y XVII, es el que da sustancia al Shakespeare dramaturgo y, por supuesto, al poeta.

Antes que de las bibliotecas, Shakespeare emerge de las callejuelas londinenses; y antes que letras, su genio respira vida. ¿Qué más se le puede pedir a nuestro héroe?

ariel2001@prodigy.net.mx

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.