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Jueves , 21.06.2018 / 06:06 Hoy

Analecta de las horas

Temblor y espanto

Ariel González Jiménez

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Al margen de cualquier presagio —o de lo que yo pudiera entonces reconocer como tal—, la madrugada del 19 de septiembre llegué a casa con un extraño temor. Quizás ya lo he contado bien o parcialmente en otra parte, pero el pensar que esto ocurrió hace 30 años autoriza una vez su rememoración.

Venía de estudiar matemáticas de la casa de mi novia, Amabilia (de amabilitas, amabilidad, y vaya que lo era, además de muy linda), porque ese día, a las siete de la mañana, estábamos emplazados para un examen.

Había llovido, y mi regreso en automóvil por algunas calles solitarias y encharcadas del sur de la ciudad fue difícil; quizás fue eso lo que me hizo pensar sin darme cuenta en fatalidades y desgracias. Con unos pocos elementos lúgubres, ciertas cabezas como la mía producen eso que no tiene otra denominación más que miedo.

Dormí poco y mal, pero conseguí estar en la Facultad de Economía puntualmente. La primera y única en llegar fue Amabilia, y así solos nos quedamos hasta las famosas siete y veinte, cuando lo único que llegó a hacernos compañía fue una fuerte vibración, junto con el movimiento y crujir del edificio. La cosa no paraba y en el pasillo del segundo piso donde nos hallábamos el llanto de una trabajadora que rezaba hincada nos asustaba mucho más que el propio sismo. Algunos vidrios de las ventanas se hicieron añicos y entonces supimos que no se trataba de un temblor más.

Cuando paró, bajamos a la entrada de la Facultad de Economía para saber qué había ocurrido, pero había poca gente y menos conocidos. No fue sino hasta horas después que comenzamos a conocer la magnitud del desastre, las increíbles historias de destrucción y muerte relatadas por los que venían del centro y las colonias aledañas, las zonas más castigadas por el terremoto.

Amabilia y Marcos, mi mejor amigo de entonces, nos unimos a las brigadas que organizó la UNAM y fuimos a distintos rumbos de la ciudad. Sin saberlo, salimos a conocer una ciudad y a sus habitantes de un modo en que no los habíamos visto nunca. Con el terremoto emergió la solidaridad, el compromiso, el coraje, la esperanza, lo mejor de muchos ciudadanos; pero también, aunque quiero creer que en una escala menor, la rapiña, el abuso, el oportunismo y la indolencia de otros.

La brigada fue llevada a varias partes, pero las escenas más terribles que nos tocaron ver fueron las del edificio Nuevo León en Tlatelolco.

Allí formamos parte de las columnas que iban extrayendo montones de ladrillos y objetos, intentando despejar las ruinas para ver si por milagro quedaba alguien con vida. A ratos, un pequeño grupo de mirones rodeaba una zona determinada de los trabajos; sabíamos de esa forma que se había encontrado un cadáver. Nosotros no queríamos ver. Seguíamos trabajando. Cortamos con sierras varillas, cargamos por horas un montón de piedras, los restos a que había sido reducido el imponente edificio.

Los trabajos de rescate en el Nuevo León eran los mejor organizados. Se contaba con algunas de las brigadas internacionales más experimentadas (la de Israel, por ejemplo) y los que dirigían las operaciones aprovechaban del modo más eficiente y racional la participación de gente como nosotros. Habían incluso un pequeño hospital improvisado porque las tareas de rescate eran arduas y peligrosas; hubo un sinnúmero de personas heridas por las torcidas estructuras metálicas y las piedras y ladrillos a punto de caer. Otros más se desmayaban por la fatiga o por los terroríficos hallazgos que de pronto hacían.

Hacia la medianoche nos fuimos. Teníamos que lavarnos muy bien y dejar la ropa que habíamos usado. En la camioneta que nos llevó a CU de regreso íbamos cansados, tristes y acaso orgullosos a la vez por haber podido ayudar un poco al menos. En el trayecto, lo único que nos divertía era nuestro aspecto: camisas enormes, pantalones cortos o anchísimos... la ropa limpia que nos habían dado.

Éramos muy jóvenes. Ser brigadistas fue una experiencia determinante: vimos desaparecer el rostro de una ciudad y cómo emergía uno nuevo; sentimos cómo el sufrimiento y el miedo se transformaron en una enérgica respuesta de la ciudadanía. La pusilanimidad gubernamental (Miguel de la Madrid, cuando finalizó su sexenio, declaró sin pena alguna que nada le quitaba el sueño) quedó evidenciada por la misma gente en las calles, en las desesperadas cadenas humanas para rescatar a los primeros sobrevivientes, en el ímpetu organizativo que no pudo esperar a que la lerdez del gobierno reconociera el desastre y decretara el estado de emergencia y que pidiera ayuda internacional. Cambiamos nosotros y cambió el país.

La brigada fue disolviéndose poco a poco. Mi último participación fue unos 15 días después en un edificio de la colonia Roma, en la calle Campeche si no mal recuerdo. Se había venido abajo haciéndose sándwich, como coloquialmente decíamos. Para ese momento, las posibilidades de encontrar a alguien con vida eran ya muy remotas. Trabajábamos al lado de muchos soldados que estaban utilizando maquinaria pesada para remover los escombros. Otra vez llovía y cuando una grúa consiguió retirar un segmento importante de un techo, la fetidez de la muerte se apoderó de toda la escena; había una cama y allí tres cuerpos abrazados, presumiblemente una familia entera.

Esa noche abandoné los trabajos de rescate. No pude más. La imagen que me había rehusado a ver en otras ocasiones apareció repentinamente ante mí. Ahora, 30 años después, creo que lo resume todo: temblor y espanto.

ariel2001@prodigy.net.mx

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