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Analecta de las horas

Semprún

Ariel González Jiménez

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Más que una vida, Jorge Semprún tuvo muchas vidas. Después, antes o al lado de la existencia que parecía ostentar, había siempre otra que se desarrollaba o simplemente esperaba su turno para desplegarse. Por eso su aventura vital fue y sigue siendo sorprendente. El personaje —ya sea el militante clandestino, el agudo intelectual, el exiliado, el ministro de cultura, el sobreviviente de pesadillas como el campo de exterminio de Buchenwald o el guionista cinematográfico— resulta más y más fascinante cuando están por cumplirse apenas cinco años de su muerte el próximo 7 de junio.

Al tiempo que llega a México Ejercicios de supervivencia (Tusquets, 2016), obra póstuma de Semprún en la que relata su detención por la Gestapo en 1943 en París; en España su prima Soledad Fox Maura, catédratica del Williams College de Massachusetts, publica la biografía Ida y vuelta. La vida de Jorge Semprún (Debate, 2016).

Como se sabe, por años su vida fue revisitada por él mismo a través de un conjunto de memorias: El largo viaje, La escritura o la vida, Autobiografía de Federico Sánchez y Federico Sánchez se despide de ustedes. Ejercicios de supervivencia se pensaba como el inicio de un ciclo autobiográfico definitivo. Pero como no fue posible culminarlo, seguramente él estaría muy contento de saber que su prima hizo suyo el reto de llenar los vacíos de estas memorias a través de una biografía en forma.

Semprún lo merece porque es uno de los personajes estelares del siglo XX español y, como dijo Soledad Fox Maura en una entrevista, "es un reflejo de ese siglo, de las consecuencias humanas y políticas de la Guerra Civil española, de la Segunda Guerra Mundial, del papel de la España franquista en la guerra fría, del comunismo en esa época, de la transición a la democracia..."

Ejercicios de supervivencia es la memoria de cuando, siendo miembro de la resistencia en plena ocupación nazi de Francia, fue capturado por la Gestapo y sometido a brutales torturas. Henri Fraguer, Paul, jefe de la organización Jean-Marie Action a la que pertenecía cuando tenía apenas 20 años, se lo había advertido claramente; sabía, pues, de los riesgos implícitos que conllevaba su lucha.

Él estaba advertido; su cuerpo, no: "Sin duda siempre es preferible saber a qué atenerse. Es preferible, sin duda, no hacerse ilusiones. Pero eso no resuelve lo esencial, porque el cuerpo, por su parte, no sabe. El cuerpo no puede poseer la experiencia anticipada, a priori, de la tortura. Ni siquiera el cuerpo que ha conocido el hambre, la miseria, posee esa experiencia, no puede anticipar carnalmente esa experiencia: la tortura es imprevisible, impredecible, en sus efectos, sus estragos, sus consecuencias sobre la identidad corporal".

La conciencia deambula por una parte, y el dolor que puede albergar el cuerpo, por otra. Y llama la atención cómo aborda el tema Semprún: sin falsas ambiciones heroicas o la grandilocuencia de los farsantes, esos que juran que nada los doblegaría en un caso así. Por el contrario, Semprún reconoce que "nadie puede prever ni precaverse contra una posible rebelión de su cuerpo bajo la tortura, exigiendo beatamente —bestialmente— de su alma, de su voluntad, de su ideal del Yo, una capitulación sin condiciones: vergonzosa, pero humana, demasiado humana".

El autor pudo sacar estas conclusiones después de haber sido sometido a sufrimientos indecibles que prefiero no relatar aquí, pero que, evidentemente, lo marcaron para siempre.

Un rasgo que siempre me ha gustado de Semprún en todos sus escritos es la sinceridad con que aborda los temas más arduos. Eso es lo que constituye la única honestidad intelectual posible: la que se aleja del redentorismo oropelesco, la que desmitifica acciones e ideas que otros tienden (a veces me pregunto si de modo natural) a presentar como cosas de iniciados o superhombres.

Quizá esa actitud, muy de Semprún, surgió por sentirse tan solo un sobreviviente; no un superdotado, no el de mayor "conciencia", ni el más puro luchador, sino tan solo un sobreviviente, y eso queda perfectamente claro luego de la lectura de este libro.

Las palabras de Mario Vargas Llosa, quien fuera su amigo y que sirven de prólogo a Ejercicios de supervivencia, son exactas: "Fue uno de esos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza".

ariel2001@prodigy.net.mx

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